jueves, 6 de octubre de 2011

Singapur 2


“Pero toda pérdida es el pretexto de un hallazgo.”
Roberto Juarroz

Por momentos, no sé si la vida que llevo es real o imaginación. Esta vida mía es como una montaña rusa, sube y baja y da vueltas y regresa y se aleja y pareciera que fuera adelante de mí. Soy apenas un objeto en mi vida. No logro el reposo para comprender y repensar lo que soy o lo que hago. Estoy en continuo movimiento, aunque duerma, mi mente sigue funcionando, creando nuevos mundos, nuevas realidades, otras ficciones. Estoy en medio de ese innumerable caos que soy yo y mi realidad. Me muevo entre muchos yos y el que predomine en el momento me lleva de su mano. Aunque yo soy yo y el universo que en mi hay, también soy el universo que percibo fuera de mí. Pero en ambos soy sólo una parte de algo más que yo. No otro, no otros, sino un eslabón o un instante de un pensamiento olvidado que vaga entre otros.

La piscina en el piso cincuenta y cinco del Marina Bay Sands Hotel en Singapur, mide ciento cincuenta metros de largo y se pierde en el horizonte. Mientras nado, la ciudad está frente a mí. Después de un largo día de reuniones, apretones de manos, explicaciones e informaciones, estoy descansando en el hotel más espectacular que haya estado. Desde el avión lo vi, mientras nos acercábamos a la ciudad para el aterrizaje. Parece un dolmen al borde la ciudad. Tres torres de cincuenta y pico pisos sostienen una piscina que cubre como una plancha las edificaciones. La piscina está junto a un bar y tiene un jardín. Los huéspedes son, sobretodo, europeos y americanos. No pude resistir las ganas de echarme un chapuzón en el cielo. Por que esto que hago es nadar en el cielo. Sobrecogedor y magnífico. A esta hora de la tarde no hay muchas personas y puedo nadar a mis anchas, despacio y mirando la ciudad. Increíble, si dios no existe, el cielo, sí.
Frente al hotel están los box stop de la Formula 1 y un museo. Salgo de la piscina y me siento en una asoleadora blanca y suave. Cierro los ojos y dejo que el ambiente me cubra. No pienso, sólo siento.

Debo haberme quedado dormido. Ya está anocheciendo. En el Ku Dé Ta Lounge hay muchas personas bebiendo y charlando animadamente. Un par de parejas baila. La piscina está casi desocupada. Me restriego los ojos mientras pienso en coger mis cosas y bajar a la habitación y cambiarme. Debo escoger entre uno de los cincuenta restaurantes que tiene el hotel. Hay de todo para cada gusto, desde comida francesa hasta española pasando por china, malaya y tailandesa. Miro una vez más hacia la bahía donde hay cantidad de buques, barcos, petroleros y barcazas de todo tipo. Singapur es un permanente zarpar y atracar de barcos de todas las naciones y de todo tipo. Su movimiento portuario supera los mil barcos diarios. La vista es inmejorable con las luces en el mar, el sol desapareciendo en la oscuridad y el brillo de los rascacielos que iluminan el cielo. Noche cálida y solitaria para un colombiano en el Lejano Oriente.

El hotel fue construido sobre una isla artificial y estoy a 200 metros de altura en medio del imponente y ruidoso universo que es el otro lado del mundo. Es hora de bajar, porque tengo hambre.

Después de ducharme y vestirme, me asomo a la ventana y veo la ciudad a mis pies. Me vuelve a mi memoria esa parte del poema Ítaca de Kavafis,

“Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Ítaca.
Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.”

La vida es mi Ítaca. Vivo para llegar a ella y desde ella hago el camino. Aunque no sé para dónde voy, prosigo en busca de lo que ha de ser mío. De lo que quise, nada fue mío. Pero de lo que nunca imaginé, me fueron dadas varias cosas. Mi vida ha sido una lucha contra mi destino. Por supuesto, he perdido todas las batallas. Pero he disfrutado varias derrotas al máximo. No eran fracasos, era lo que me tocaba de la vida. También me he quejado y lamentado, un par de veces, de ser yo y no otro. Pero cada vez que he visto a los demás, he agradecido ser yo y no ellos. Me gusta ser yo, después de todo. Creo que sin mí, la vida no me gustaría. He caminado la vida a tropezones, a ciegas, con miedo y con alegría, y durante su recorrido he sentido muchas emociones y sensaciones que no sabía que se podían vivir. He conocido el amor, la riqueza, el éxito y el desamor, la pobreza y el fracaso. Nunca he permanecido mucho tiempo de un solo lado de la vida. Después de tantos años he comprendido que no vale la pena preguntarse el porqué de las cosas, sino entender que la realidad está ahí y que hay que convivir con ella. Aunque sé que, de cuando en cuando, me levantaré contra la realidad y exigiré que los sueños también sean parte de mí. Sin sueños no hay realidad.

"Dos verdades se acercan una a otra.
Una viene de adentro, una viene de fuera
y allí donde se encuentran
tiene uno la oportunidad de verse a sí mismo",
Tomas Tranströmer

He decidido bajar al lobby del hotel antes de decidir a qué restaurante voy. Comer solo no me gusta. Casi que prefiero salir y buscar algún chino donde comprar una caja de arroz con verduras y comer por ahí en algún parque o plaza. No conozco la ciudad ni los alrededores del hotel, así que le preguntaré al portero del hotel. Me volteo en busca del portero, cuando oigo una voz femenina con acento español que pronuncia mi nombre “José Vicente”.
Es Beatriz. Alta, delgada, de una blancura inmaculada, piel de durazno, ojos azules como mares, vestida siempre de negro, pelo corto en capas y una mirada irónica que enamora. “Y tú ¿qué haces acá?” me pregunta mientras se acerca y me da dos besos en las mejillas. Me gusta su perfume. Me fascinan las mujeres que el perfume sólo se huele cuando uno se acerca a ellas, cuando se roza con uno. “Trabajo, mujer”, respondo con una sonrisa de oreja a oreja. Le pregunto si quiere acompañarme a comer. Ella encantada me dice que sí, y le preguntamos al portero por un restaurante sencillo y cercano. Nos vamos caminando. Beatriz me alborota las ganas de conquistador. Pero no voy a hacer nada. Sólo disfrutar su presencia, su deliciosa conversación y su belleza que quita la respiración.
Llegamos al chino que nos recomendó el portero. Un lugar sencillo con un par de mesas de madera y una pequeña barra donde atienden dos chinos que no cesan de dar vueltas en las ollas y de recibir pedidos. El lugar está lleno y muchos están comiendo de pie. Pero enfrente hay una plazoleta que da a la bahía y donde se puede sentar uno a mirar el mar y comer. Pedimos fideos con carne de cerdo y verduras, y dos gaseosas.

Después de hablar del trabajo y de la razón por la que los dos estamos en Singapur, guardamos silencio un rato. Dejamos que la noche haga una pausa entre nosotros. No es un silencio incómodo, al contrario, nos calma y acerca. La temperatura es agradable gracias a la brisa que sopla suave y constante.
-¿Sigues enamorado de tu esposa?- me pregunta. Me toma de sorpresa y no. En el aire hay un rumor a atracción, a que nos gustamos.
-La verdad es que no lo sé. Creo que no. Siento afecto, cariño, respeto, solidaridad y lealtad. Pero ese amor que todo se lo lleva por delante, no.-
-¿Te gusta estar con ella?-
-No me desagrada- respondo un poco irritado por preguntas que me hacen sentir desnudo frente a ella.
-Me voy a separar- me dice sin mirarme.
No respondo. No sé qué decirle. Espero a que ella continúe.
-Un día me di cuenta de que ya no lo quería, que entre los dos no había nada que nos uniera, ni siquiera hijos. Seguimos siendo amigos, pero ya no es posible vivir juntos.-
-Lo siento- digo por compromiso. Para situaciones como ésta no hay respuestas adecuadas. Salvo darle tiempo al otro para que se desahogue.
-Todo el mundo piensa que somos la pareja ideal, pero no es así. Él lleva una vida y yo otra. No nos une sino la costumbre. Nos hemos vuelto dos desconocidos de confianza.- me dice y deja su mirada en mis ojos. Cómo me gusta! pienso. Pero ahí mismo me niego el pensamiento. No es el momento para ligar. Aunque una parte de mí dice que por qué no. En el amor y la guerra todo vale.
-Me pasa lo mismo. La gente jura que todo es perfecto, porque desde afuera se ve así. Pero la verdad es que la novedad se ha gastado y nosotros, aunque seamos los mismos, no queremos lo mismo.- le respondo.
Me mira, sonríe y me toma de la mano.
Mi mente se acelera. No puedo pensar en la delicia que sería darle un beso. Me siento canalla, pero no me importa.
-¿Quieres dormir conmigo?- me dispara a boca de jarro.
Me encantaría, pero no así- me oigo decir. No me puedo creer que yo esté diciendo esas palabras. Mucha pelota! Y lo peor, continúo.
-Mira, si mañana quieres todavía, lo hacemos- le digo contra mi voluntad. Me voy a ir al infierno de los buenos. Y con justa causa.
-Gracias, sabía que no me defraudarías. Eres el amigo que necesito.- me aprieta la mano y sonríe. Acaso acabo de pasar una prueba. No me lo puedo creer.
Después nos fuimos caminando tomados de la mano y en silencio hasta el hotel. Ella con su tristeza y yo con una sensación de imbécil.
Después de dejarla en su habitación, subí a la mía y llamé a casa. Les conté sobre el trabajo y la ciudad. Colgué y pensé en las palabras de Elias Canetti y en cómo el amor se acaba y las parejas subsisten:
"En el amor es donde menos existe la piedad: en el amor cuenta siempre lo más pequeño,lo insignificante: esa precisión minuciosa le otorga su ser. Nada se olvida. Si uno dice: quiero todo, hay que entenderlo así: todo. Acaso sólo un caníbal podría ser aquí consecuente. Sin embargo, el canibalismo anímico es mucho más complicado: hay que advertir que se trata de dos caníbales que se devoran al mismo tiempo"
Somos títeres en el amor. Él es el único protagonista.

sábado, 1 de octubre de 2011

*Mujer perfecta


Al caer la tarde
te sientas frente al espejo
y lentamente te vistes de amante,
estás enamorada,
te pintas la mejor sonrisa en tu boca,
te retocas el pelo
que más tarde yo caminaré con mis manos
y cubres tu matrimonio con el olvido
para ser feliz entre mis brazos.
Te das la vuelta
y dejas atrás tu vida
para encontrarte conmigo,
vida mía.
Me tomas de la mano casi en secreto
y luego con decisión
caminamos juntos a través de la multitud
como si no existiera nadie
y todo gira alrededor nuestro.
Entonces sólo los dos importamos,
nos desnudamos y por una noche
somos eternos.
Más tarde frente a él
te vestirás de mujer perfecta.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Singapur 1


Mañana salgo temprano para Singapur. Todavía de noche, tomo el ICE en Siegburg, que va directo al aeropuerto de Frankfurt, y luego vuelo a Singapur. Llevo en mi billetera, junto con la foto de Laura, este poema que escribí para ella cuando nos despedimos en Bogotá la última vez:


Me voy con tu nombre en mis labios
y tu sonrisa en la memoria.
Me voy de ti contigo
y sólo me voy,
porque te llevo conmigo.


Laura me ha llamado para decirme que en quince días estará en París. Quiere que la visite. Pero sólo tiene un par de horas para mí, pues tiene varios asuntos pendientes. Me muero por estar con ella. Hace ya varios meses que no nos vemos. Pero el viaje a París dura cerca de cinco horas. Ir y volver el mismo día no me hace tan feliz. Sobre todo, no me gustan los encuentros afanados. Los nuestros son siempre momentos tranquilos, del uno para el otro, donde nadie fuera de los dos tiene cabida. No sé qué hacer y Laura nota mi duda. Sin dudar ni un instante agrega que si no puedo no importa. Pero es como si hubiera dicho todo lo contrario. Mi silencio la ha herido. Ella siente que no es todo para mí. Aunque sí lo es, pero también existo yo. Me siento mal, muy mal. Pero es cierto, no quiero ir por un ratico. Le digo para ganar tiempo que lo voy a pensar. Los dos sabemos que no voy a ir. Algo entre los dos se nubla. Lo sé, aunque ninguno lo dirá jamás. Nos conocemos demasiado. Después de un par de palabras corteses, colgamos, pero algo pesado y triste ha quedado en el aire.

Estoy alistando mi maleta para viajar a Singapur. Business as usual. Por un par de días estaré en el Lejano Oriente por cortesía de uno de nuestros clientes que tiene negocios en la ciudad. Mi trabajo consiste en asesorar a mis clientes en los negocios que tienen en la ciudad. En realidad, la asesoría ya está terminada, pero por cuestiones de imagen quieren que uno de la oficina esté presente en la presentación que se hace a los empleados en la filial de Singapur. No me puedo creer que vaya a conocer uno de los cuatro tigres asiáticos. Me interesa en especial, porque esta ciudad de mayoría de ciudadanos chinos ha logrado convertirse en un transformador de materias primas en productos terminados, en un puerto vital y un centro financiero mundial. Por supuesto, pienso en Colombia donde nuestros presidentes todavía siguen promocionando al país como un productor de materias primas y nada más. Esta política de desarrollo es garantía de pobreza, exclusión daños ambientales y violencia. Me pregunto si los tecnocratas genios que tenemos son tontos, cínicos o traidores, o yo me he perdido de algo. Debemos producir valor agregado si queremos sobrevivir en el mundo. En fin, mientras ese día llega seguiré acá ayudando a los extranjeros a hacer negocios y mejorar su imagen. Salgo el sábado y después de doce horas de vuelo sin escalas aterrizo en el aeropuerto Changi de Singapur.  Viajo en Singapore Airlines. Estoy contento y nervioso por el viaje y las sorpresas que me deparará esta inesperada aventura.

Para relajarme escucho el Allegro Moderato del Concierto Brandeburgues No. 3 de Bach. Adoro la música de Bach. En este concierto, Bach prescinde de los instrumentos de viento para dar  el protagonismo a las cuerdas. Todo aquí se construye a partir de unidades rítmicas mínimas que constituyen la base de los distintos temas melódicos, trabajados en contrapunto, con los dos distintos grupos de instrumentos ora separándose, ora oponiéndose, ora uniéndose en un tutti. Una lección, pues, de cómo puede componerse una obra partiendo de los elementos más simples. Y para breve, el segundo movimiento, Adagio, que únicamente consta de dos acordes, uno inicial y otro final, por lo que se cree que Bach dejaba este espacio libre a la improvisación del intérprete, en especial del primer violín o del clavecinista encargado del bajo continuo.
Cuando quiero concentrarme en mi trabajo o dejar que mi mente divague, lo oigo. Supongo que es la vejez que me ha convertido en una persona serena. Tengo que reírme con la idea de que yo pueda ser sereno cuando soy un hombre que vive exaltado y soy apasionado, subjetivo e impulsivo. Puede que sea el tiempo que llevo en Alemania que me ha convertido en una persona tranquila. Tampoco importa mucho, ya me acepto como soy.
He recordado las palabras de Morelli:
”He notado que con el tiempo me estoy volviendo sabio. Es decir, me adapto cada vez mejor a los fracasos, las miserias, las derrotas... Tan adaptado estoy que si tropezase con un triunfo no sabría qué hacer con él. Nietzsche le llamaba a esta resignación "la moral de los perdedores", pero qué más da terminar abrazado a un caballo como él o a una monja como Rimbaud.”

Laura me hace falta, mucha falta, toda la falta que puede sentir un hombre enamorado. Ella le da sentido a mis días, a mis silencios, a mis sueños y a mi poesía. Laura no es una amiga, es la mujer que debió ser la de mi vida. Pero los dos le jugamos una mala pasada al destino y seguimos cada uno por su lado y, a la vez, tan cerca. Laura me cita siempre que hablamos de nuestra relación y de cómo somos nosotros como individuos, a Hélène Cixous:
"Siempre somos como mínimo dos en el mismo cuerpo y en la misma historia. Como sabemos desde el primer trazo de Arquímedes sobre la arena. Como nos recuerda Kafka: nosotros seres humanos con dos manos rivales, seres con dos almas que se atacan una a otra, seres disociados y dislocados"
Y tiene razón. Nuestra manera de ser es una lucha con nosotros mismos llena de dudas respecto de los dos. No dudas sobre nuestro amor, sino sobre si es posible que dos seres que se aman tanto puedan convivir bajo un mismo sueño y despertarse mirando al otro.

En mi maleta llevo la antología de poesía italiana del Novecento, regalo de Laura después de uno de sus viajes al Garda. Ella le encanta la poesía de Giuseppe Ungaretti y me ha subrayado de uno de ellos “I Fiumi” esta parte:

“Questi sono
i miei fiumi
Questo è il Serchio
al quale hanno attinto
duemil´anni forse
di gente mia campagnola
e mio padre e mia madre

Questo è il Nilo
che mi ha visto
nascere e crescere
e ardere d´inconsapevolezza
nelle estese pianure

Questo è la Senna
e in quel suo torbido
mi sono rimescolato
e mi sono conosciuto

Questi sono i miei fiumi
contati nell´Isonzo

Questa è la mia nostalgia
che in ognuno
mi traspare
ora ch´e notte
che la mia vita mi pare
una corolla
di tenebre”

Y es como si viera frente a mí a Laura, la libre, la independiente, la mujer de mi vida, la dispuesta siempre a comerse el mundo entero, de repente vulnerable y necesitada de mis brazos para dejar que su soledad se refugie en mí para siempre. Por eso también la amo. Llevo en la piel a Laura, su amor y su nostalgia.
Pero por más amor a Laura, nunca logro del todo saber qué siente. El amor nos atrae, pero no nos convierte ni en sabios ni en adivinos. Vamos como ciegos acercándonos al otro, intuyéndolo, imaginándolo, descubriendo un ser que a cada instante es distinto. Amamos, pero no somos el otro. Ni siquiera logro comprender bien lo que siento cuando llamo a esta fuerza irresistible que me arrastra a ella, amor. El amor se basa en una certeza, en la fe que ponemos en que el otro de una manera que no comprendemos se ha acercado tanto a nosotros que también siente con nosotros el fuego, el hielo y las emociones que todo el tiempo nos están embargando cuando el otro es parte nuestra. Este amor mío, que siento como amor nuestro, es una atracción tan fuerte, un llamado del otro permanente, una necesidad del otro que no se sacia, que no termina, que crece con la ausencia y en la presencia. Este amor nuestro que no claudica, que siempre está cambiando como nosotros. Porque de la Laura y de ese que un día fui, ya no queda nada, somos otros iguales y distintos, pero el amor continúa. Nuestro amor como nosotros es un superviviente. Se aferra a los dos, nos busca y nos llama. Pero por más que nunca sabré del todo cómo es Laura, lo mío por ella es amor.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Un deseo irremediable


“Tengo un deseo irremediable de ti. Quiero que al abrir los ojos la primera que veas sea a mí. Me gustas y te voy a hacer feliz. Laura P.D. Te espero en Bilbao en el lugar de siempre.”

El mail llegó anoche. Son las nueve de la mañana y Bonn ha amanecido con un verano cobarde que no se atreve a calentar el aire. Pero el mensaje de Laura me pone contento. Siento un cosquilleo por el cuerpo. Este ser y no ser, me pone contento y más. Pensar en Laura al lado mío durmiendo me emociona. Pero, si será que quiere dormir conmigo o se refiere a que por la mañana golpeará mi puerta y ya. Muero por dormir con ella. Mejor dicho: no dormir con ella, sino hacer el amor es lo que deseo. Ella me vuelve loco. Nada me importa, salvo ella. Es una fuerza que me empuja. Más poderosa que mi voluntad de ser un hombre casado y feliz.
El lugar de siempre al que se refiere Laura es un hotel en el que estuvimos hace un par de años, cuando éramos grandes amigos nada más. Ahora soy su pretendiente a amante y no. Más bien quiero ser su amante. Ya no resisto más ese que sí, que no, que tal vez. La quiero ya. Laura había llegado a España y nos encontramos en Bilbao por la época en que se inauguraba el Guggenheim. Nos quedamos en un hotel más bien sencillo en la playa de Ereaga en Algorta, al otro lado de la ría del Nervión desde donde se ve el Gran Puerto. Estuvimos dos noches inolvidables en que recorrimos toda la ciudad y bebimos en muchos bares. Recuerdo que hablamos del tiempo del colegio, de las fiestas que eran de contribución. Fiestas zanahorias con ron con cocacola y luces fluorescentes que dejaban ver las motas blancas en la ropa. Pero dejaba que bailáramos más apretados. Lo máximo era bailar amacizado, sentir el calor de ella, su cuerpo contra el de uno, poner al descuido la boca en su cuello y ensayar a darle besos imaginarios. Entrelazar los dedos de las manos. Sentir que uno se ahogaba de la dicha. En esas charlas noté, a pesar de mi timidez, que entre los dos había mucho más que amistad, que química, que deseo. Era una necesidad del otro que ni siquiera la distancia o el tiempo había logrado disminuir. Al contrario, era más fuerte. Notaba su afecto en la manera en que olvidaba su mano sobre mi pierna y mi cuerpo reaccionaba de inmediato y yo casi no podía pensar nada distinto a besarla, su manera de tomarme de la mano y pegarse a mí mientras caminábamos mirando a la gente pasar, su forma en que al sentarnos recostaba su cabeza en mi hombro y se quedaba así mientras tomábamos algo. Pero, sobretodo, hubo momentos en que su mirada se perdía en mis ojos y yo sentía que ella estaba buceando en mis sentimientos, que entraba en mí y me hacía suyo. Yo me quedaba paralizado y pasaba una eternidad antes de que cualquiera de los dos hiciera algún movimiento. Yo estaba paralizado, la respiración se me aceleraba. Ella respiraba con rapidez. Pero yo no me movía. Dudaba. Pensaba que era mi imaginación, que estaba pensando cosas que no eran. Una pelota completa. Entonces ella me acariciaba la mejilla y se levantaba y me decía sonriendo que fuéramos a nadar. Sin esperar iba al baño a cambiarse y por un descuido la puerta quedaba abierta. Se desnudaba con tranquilidad. Ahora sé que era a propósito. Tenía un cuerpo largo y delgado con las piernas más largas que yo haya visto en mi vida. Y usaba ropa interior lanzada que me quitaba el aliento. Yo juraba que miraba con disimulo, pero la verdad es que ponía jeta de caimán: boquiabierto ante tanta belleza. Mi mundo se detenía y recuerdo que me sentía el hombre más afortunado del mundo. No podía imaginar que alguien pudiera ser más feliz que yo en ese momento en que Laura dándome la espalda se ponía su bikini con la puerta entreabierta para que las mariposas del deseo no me dejaran levantarme de donde estaba sentado sin que se notara que yo no era de palo. Mientras yo soñaba lo que veía y veía lo que siempre había soñado, Laura me dijo riéndose: “Descarado, me estabas mirando” y yo dije que no. Ella siguió riéndose todo el camino hasta la playa.

Recordar que vamos a estar otra vez en ese hotel ya me hace desearla. Al fin, después de tanto tiempo, al fin puedo decir que me muero por ella, que la quiero, que la deseo, que quiero que sea mía. Llevo en mi corazón este amor contenido desde hace tantos años y ahora vuelve con toda la fuerza para llevarse por delante mi monótona vida. Y estoy feliz por eso.

Porque no viene al caso (Es decir Laura me mataría) dejaré a la imaginación del lector qué pasó en el hotel Los Tamarises en Getxo.

 
Después de pasar mi cumpleaños en Bilbao, de visitar el Guggenheim, ese barco varado en medio de la ría del Nervión cargado de arte y de sorpresas, de comer en los restaurantes del puerto y por las noches salir de tapas hasta que regresábamos exhaustos al hotel de caminar, comer, beber, bailar y charlar, partimos el 6 de julio tarde en la noche para Pamplona. Laura no se quería perder los sanfermines.

Dejábamos atrás una ciudad maravillosa enclavada en el Cantábrico, una ciudad que da siempre ganas de regresar. Hubiera podido quedarme un par de días más para conocer en detalle su vida diaria y cada rincón de sus calles que suben y bajan. Una ciudad de agua en medio de montañas. La ciudad de los vascos, abierta al mundo, palpitante en Julio.

Llegamos al amanecer a Pamplona. La ciudad es un hervidero humano en el centro, pero hacia las afueras, en el campo, se mantiene en silencio, con un sol esplendoroso y la temperatura todavía agradable de la mañana. Entramos a un caserío retirado de la carretera, perdido en las montañas. Una casa rústica, grande y amoblada con gran gusto. Espacios amplios, ventanas grandes asomadas al jardín que rodea la casa, plantas y flores entremezcladas con un cuidadoso desorden, y la propiedad rodeada de un frondoso bosque. Me impacta encontrarme en la sala una escultura grande y poderosa de Chillida que determina todo el espacio. En las paredes cuadros de Tapies y de Botero. Me imagino que fue un regalo de Laura a los señores de la casa, vascos de Bilbao, industriales de Neguri y miembros de toda la vida de la Sociedad Bilbaína. “Condes de algo”...me susurra Laura al oído mientras me sonríe y tengo que cerrar la boca para no mostrar mi asombro de hijo de la clase media colombiana, que viene a ser lo mismo que un pobre de solemnidad con infulas de grandeza.

Los anfitriones nos reciben con efusión y cariño. Se nota que son amigos de Laura de toda la vida. Me siento un poco incómodo. Pero de inmediato me hacen sentir como en casa. Nos enseñan la habitación que compartiré con Laura. Vista a lo lejos del valle encerrado con espacios verdes donde pacen vacas y cruzan veloces y fugaces un par de ciervos. Una vista que tranquiliza, que invita al descanso.

Salimos a una terraza grande, con materas rebosantes de geranios. Me siento en una silla de mimbre con cojines café. Laura se sienta a mi lado y cierra los ojos para que le de el sol. Tiene el dorado del verano y sus ojos verdes brillan más que siempre. Me muero siempre que estoy a su lado. Me embobo.

Laura me ha preguntado sobre lo que pienso de los ricos, que qué es para mí un rico. La pregunta me coge por sorpresa y no sé que responder. Es una cuestión que la implica a ella y la imagen que tengo de ella y no quiero que ella se sienta agredida por mí. Eso por un lado, por el otro no sé bien la respuesta.
La pregunta es válida, porque vivo atacando a los “ricos” y condenándolos a todos los infiernos. Para mí en política es el rival, el equivocado. Siempre estoy al lado del pobre, del débil. Pero, ¿tendré razón? O ¿será sólo un oscuro y secreto resentimiento hacia ellos por no ser yo uno de ellos?. Los alemanes siempre hablan de un debate de la envidia. Esa envidia que forma parte de los siete pecados capitales. Se dice que es capital porque genera otros pecados, otros vicios.
Ayer al mediodía fue el txupinazo. Poco antes de las doce, alcalde o alcaldesa y concejales salen al balcón del Ayuntamiento. Abajo, en la plaza, miles de personas llevan horas esperando el momento; el ansia colectiva va subiendo grados a medida que se acercan las doce. Se descorchan cientos de botellas de champán, repartiéndolo a partes iguales entre el estómago y la ropa del personal. Calor infernal. No cabe un alfiler. Cuando quien se encarga del disparo se acerca al cohete, hay un rugido general de la: cantos, gritos, silbidos, palabrotas y, también, quejidos de algún que otro pisoteado. Con el estruendo apenas se puede oír el grito ritual: "¡Pamploneses, Viva San Fermín, Gora San Fermin!".
Y entonces hay una especie de ataque de locura colectiva, y toda la ciudad da un vuelco en un instante: empieza el desmadre general y una borrachera colectiva matutina digna de verse. La fiesta dura desde el mismo día 6 al 14 de julio. Es costumbre llevar el pañuelo anudado a la muñeca o guardado en el bolsillo hasta que el txupinazo inaugura la fiesta. Después la costumbre invita a ponérselo donde a uno le venga en gana. Y es que tras el ruido de la pólvora, en pocas horas la cosa se pone imposible y todos se pierden en los laberintos del alcohol y de los encuentros.

No alcanzamos a llegar al txupinazo. Me alegro, porque las muchedumbres alcoholizadas no me gustan. No me siento a gusto entre la gente desbordada por la alegría. No logro sentir lo que otros parecen vivir de forma tan entregada. Pero mañana iremos muy temprano a ver el encierro, que es la carrera que los toros corren entre una muchedumbre desde los corrales a través de las calles de la ciudad vieja hasta la plaza. El encierro comienza las ocho de la mañana y nosotros estaremos en un balcón que da sobre la calle Estafeta.

Después de almorzar cerca de las tres de la tarde, salimos con Laura a caminar por los alrededores. Queremos respirar el campo, el verano y nuestra compañía. No deja de sorprenderme lo tarde que comen los españoles. Estoy acostumbrado a los almuerzos bogotanos que son entre las doce y la una de la tarde. Aunque hicieron un arroz delicioso que valió la pena la espera. La caminada me sentará para quitarme la sensación de llenura. Mi costumbre de repetir.

Llegamos caminando a un riachuelo que desciende suave hacia el valle. El ruido del agua y del verano refresca nuestros ánimos. Me siento bien y relajado. Laura se recuesta en mis piernas y me mira. Nos besamos rozando los labios apenas. Un beso suave y tierno que nos une. Nos sentimos cómplices de la vida.

Quiero saber cómo es el amor que siente Laura por mí, quiero saber si lo que siente es amor, si soy todo para ella.

Sin mirarla empiezo a hablar –Sabes he pensado mucho sobre la pregunta que me hiciste. Esa de los ricos. No pienso que las personas ricas sean malas por naturaleza. Pero creo que les cuesta más trabajo ser buenas espontáneamente. Creo que el riesgo de abusar de su situación privilegiada se aumenta a mayor capital. Siento que la tentación de sentirse mejores que otros y, por ende, con más derechos es real. Sé que gran cantidad de ricos se hacen a la sombra del poder. Mejor dicho, nadie verdaderamente rico ha existido sin ser, pertenecer o disfrutar del poder. El poder político es el que determina hacia dónde van las riquezas y quiénes podrán alcanzarla. Ser rico no es para todos y nunca será un logro basado sólo en los propios méritos. Cuando hablo de ricos no me estoy refiriendo a esa clase media acomodada que en Colombia llamamos los ricos. No esos ricos no son los ricos a los que me refiero. Mis ricos son como los de Walt Disney. Es decir, el Rico MacPato: malos, avaros, egoístas, implacables, zalameros, mentirosos y peligrosos. Los millonarios de verdad, las grandes fortunas, que casi siempre se han hecho a punta de privilegios otorgados por el estado, competencia desleal, explotación de mercados cautivos, engaño y robo de otros, explotación de los trabajadores.-
Después de una pausa, continúo -Te doy un ejemplo: en Colombia hay una cervecería que era el orgullo de Colombia. Un día se fusionaron con una cervecera sudafricana. Todo hasta ese momento normal. Pero nos dijeron que era la inversión más grande hecha por una empresa extranjera en Colombia. Miles de millones de dólares. La realidad es que no invirtieron nada, sino que fue la sacada de capital más grande de la historia económica de Colombia sin pagar los impuestos correspondientes. Por supuesto, nos dejaron una biblioteca y sala de conciertos, cuyo valor es mínimo comparado a los impuestos que dejó de recibir la nación. Esos son los ricos que no me simpatizan.
Por otro lado, sé que los ricos son necesarios, porque dan trabajo, fomentan las artes y con su visión pueden sacar a un pueblo de sus propias limitaciones.
Fíjate, que sin ellos no habría alta costura y esas miles de cosas banales que hacen que la vida de muchos sea mejor. En fin, que los ricos, a los cuales no conozco en persona, no me molestan por ser ricos, me molestan cuando abusan de los débiles o se comportan como “vivos”.-

Laura me mira en silencio y dice: “No quería una explicación tan seria. No me gusta verte serio.” Caigo en cuenta que he perdido por un momento la ligereza con la que suelo ir por la vida. Pero no quiero que Laura crea que soy como una muchacha de la casa de mi suegra que un día nos dijo que ella esperaba que hubiera una revolución. Mi suegra le preguntó que qué era para ella la revolución. La muchacha le dijo con gran seguridad: que los pobres nos venimos a vivir al norte y ustedes se van a vivir al sur.

Al regresar al caserío, Laura que ha estado callada mientras me abraza, me besa y añade: “Los amigos de verdad conocen, no sólo la parte amable de nosotros; sino las debilidades, las enfermedades y nuestras limitaciones. Por eso, son pocos los amigos que uno tiene. Y yo sólo te tengo a ti.”

Esta noche saldremos para Pamplona para poder entrar al piso desde donde veremos los toros y los corredores que arriesgan la vida por una dosis de adrenalina. Por la tarde, después del encierro, nos regresáremos a Bilbao. Laura volará a Antibes para seguir sus vacaciones de verano y yo tomaré mi vuelo de línea barata a Colonia.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Los best sellers



"¿No puede en ocasiones resultar la grandeza algo como el eco del éxito (los críticos y "entendidos" apoyándose unos a otros a través de los años), hasta el punto de que ya nadie se atreva a gritar que el rey va desnudo…o sea escuchado en caso de gritar contra corriente?"
Fernando Savater


No creo que los críticos literarios que hablan mal de los best sellers sientan de verdad lo que afirman. Esa pose de iluminados me sienta como una patada. Argumentar que sólo Shakespeare, Cervantes, Moliere, etc. valen en este mundo es una falacia. Parece que nunca hubieran comenzado a leer el Ulises de Joyce y bostezado en el intento.
El mundo real en todas las artes y oficios está compuesto de trabajos normales -buenos, regulares o malos- que cumplen su función sin pretender nada más que la satisfacción del lector o de su observador. De vez en cuando surge una obra excepcional que perdura. Pero es excepcional el suceso.

La vida sería un horror si sólo pudiéramos leer obras maestras o apreciar obras maestras o ir a las grandes obras de teatro o sólo vivir en las grandes obras arquitectónicas. Estaríamos embalsamados en la banalidad de los vanidosos críticos iluminados.

Como diría Fernando Savater en su "Defensa (cautelosa) de los best sellers":
"En ese interminable centón de cotillerías, chascarrillos, cursiladas y alguna genialidad que es el "Borges" tomado de los diarios de Adolfo Bioy Casares, el gran hombre le dice cierto 9 de julio a su paciente cronista: "Una cosa le falta a ese libro (Seis problemas para don Isidro Parodi) para que pueda ser considerado muy bueno: le falta el éxito. Yo no sé si sin éxito una obra puede ser muy buena"."

A mí me encantan los best sellers y no por ello he perdido la capacidad de apreciar lo excepcional.

jueves, 18 de agosto de 2011

Lluvia


Lluvia que llega a mí
como un mar que todo lo cubre,
que oculta mi dolor
cuando mi angustia tiembla
y en el paisaje se esconde el amor,
que cae como un manto
que envuelve mi soledad,
infinita bondad sobre mí derramada,
trecho de la vida envuelto en el silencio,
luz transparente tiritando de tristeza,
frío callado que me mira sorprendido,
niño solitario jugando en mi recuerdo,
húmedo beso olvidado sobre mi piel.
Lluvia acumulada en la memoria
como una mirada abandonada,
más sola que la tristeza,
angustia atormentada,
soledad que cae desmayada,
adiós al cielo,
regreso del ayer desenterrado
agobiado por tu presencia,
muerte redentora,
resurrección clandestina de la melancolía.
Lluvia de ayeres inolvidables,
de un hoy incierto
y de ese mañana que quizá llegue con ella,
al borde de las montañas detenida,
incluso el sol palidece
y una bandada de pájaros invisibles
caen del cielo azul.
De los árboles se han caído
las hojas del amor
y ya nada me consuela.
Lluvia, último refugio,
cuando el despertar es agonizar
y no desaparecer,
sino morir del todo.
Lluvia, eterna compañera,
que llora conmigo tu ausencia.

jueves, 4 de agosto de 2011

Un cuento para Laura


En la noche, las luces del pueblo se reflejan en el lago mientras se asoman a la ventana del cabrio de Laura. Hace calor. Estamos en agosto y el verano está pegado al asfalto, a las paredes y florece en cada rama y jardín del pueblo. La noche es oscura y las luces desaparecen en su silencio. Nos dejan solos.

Lo difícil del amor no es amar, ni ser amado, ni llegar a la cumbre de la felicidad con el ser amado. No, lo duro es el momento en que acaba: el descender del cielo sin morir en el intento, me dice sin soltar las manos del timón mientras me mira con esa manera tan suya que me deja desarmado.
Y bueno, pues, un día más que se va colando de contrabando suena en la noche 
por la que Laura y yo viajamos. Serrat es parte de nuestras emociones, de esa 
memoria que nos hace creer que somos importantes, que somos algo más 
que instantes para el olvido.
      Y bueno, pues, adiós a ayer y cada uno a lo que hay que hacer. 
      Tú, enciende el Sol, tú tiñe el mar, 
      y tú descorre el velo que oscurece el cielo, 
      y tú ve a blanquear la espuma y la nube, la nieve y la lana, 
      y tú conmigo a cantar la mañana. 
      Tú a dibujar el trigo y la flor. 
      Tú, haces de viento, dale movimiento y tú les das color. 
      Tú amasa los montes, tú al pozo a baldear 
      y tú conmigo e el gallo a cantar.
      Que hay que empezar un día más. 
      Tire pa'lante que empujan atrás. 
      Y póngase el calcetín paloma mía y véngase a cocinar el nuevo día. 
      Todo está listo: el agua, el sol y el barro, 
      pero si falta usted no habrá milagro. 
      Si le falta usted a un mundo enfermo 
      y con canas quién va a hacerle la cama 
      y quién le peinará la frente y quién le lavará la cara 
      si falta su risa para echarlo a andar. 
      Venga conmigo y el gallo a cantar. 
      Que hay que empezar un día más. 
      Tire pa'lante que empujan atrás. 
      Y póngase el calcetín paloma mía y véngase a cocinar el nuevo día. 
      Todo está listo: el agua, el sol y el barro, 
      pero si falta usted no habrá milagro...
Laura ha alquilado un chalet en Montreaux, 
frente al lago de Ginebra para pasar conmigo un fin de semana. 
Es de noche cuando llegamos y las aguas del lago brillan 
con las luces del pueblo que no parece dormir nunca. 
Laura sube corriendo las escaleras 
y me lleva al balcón que se asoma a una vista que aún en la oscuridad es única. 
El lago, Laura y el amor.  ¿Qué más puedo querer? Laura está bronceada 
y preciosa. Para mí, ella es poesía pura y salvaje. Soy feliz. 
Me acerca una hoja de un cuaderno que está escrita. 
La miro y recuerdo que ese cuento lo escribí en una tarde en que no sabía
 si yo le gustaba o no, si ella pensaba en mí o no, 
pero yo me había dado cuenta que ella se vivía enredado en mis pensamientos, 
que quería verla, oírla y sentirla cerca. 
Aunque no sabía si algún día me contestaría. 
Por mucho tiempo no recibí respuesta.
“Amiga imaginaria ( Un cuento para Laura)

No sé en qué instante empezaste a asomarte a mis recuerdos. Lo hacías con discreción, casi invisible. A mi imaginación se le aceleraba el pulso. Sabía que existías y que volverías a mí. Sabía que sólo yo te veía y que sólo yo te esperaba. También era el único que contigo hablaba. Y el que dudaba de si existirías o no. Pero siempre cuando mi duda te olvidaba, te aparecías y me decías algo. Y yo empecé a pensar en ti, a imaginarte, a construir un país en mi mente en donde sólo vivías tú. Un universo tuyo. Sé que notaste que me gustabas, y callabas. Sé que tu silencio quería hablarme. Lo sé. Pero aún así el silencio hablaba por ti. Estabas siempre en mi memoria. Y cuando ya parecía que no volverías, apareciste. Regresaste a mí y no quise negar que te quería.

Sé que no puedo hablar con nadie de ti. Pero sé que tú a veces piensas en mí y te ilusionas. Los demás dirán que tengo una amiga imaginaria y que me imagino que eres, que sólo existes en mi mente, pero los dos sabemos, cada uno al otro lado del universo, que a cierta hora de la noche el uno es el otro. Y que el amor existe, aunque nunca hablemos de ello.”
-Lo contrario al amor no es el odio, es la soledad. Esa inmensa, interminable 
y honda ausencia del otro. La carencia del otro, que es parte de uno- me 
susurra en el oído y luego me besa. Me toma de la mano y me lleva...
Ahora sé que nuestro amor no acabara.