martes, 24 de mayo de 2011

Bailando con Laura



Laura ha decidido quedarse un par de días más. Tiene el bronceado perfecto de su último viaje a Seychelles. Y yo no puedo dejar de mirar con cara de caimán hambriento su descote profundo. Se acerca a mí sonriendo mientras al fondo se oye la música de la Billos: “Y me viro , y me viro, Vironay, media vuelta a la izquierda...”Me invita a bailar ese merengue que bailábamos en las fiestas del colegio. Se aprieta contra mí, se mueve con sensualidad y mi cara se hunde en su cuello. El calor de los recuerdos me invade el cuerpo. Y me giro y me giro. Su pecho se aprieta contra el mío y sus piernas se enredan entre las mías. Y me viro, y me viro, Vironay. Me pregunta al oído: ¿recuerdas cómo nos gustaba este merengue?. Cómo no recordarlo si esa noche de mediados de julio poco antes de graduarnos por bailar con ella mi novia de entonces me dejó. Pongan atención, señores, lo que les voy a contar cómo nuestro merengue se debe bailar. En fin, que esa noche seguí bailando con Laura toda la fiesta y luego nos fuimos al Chiquito, detrás de la Clínica del Country a comer hamburguesas y tomar malteadas de fresa mientras nos besábamos, tocábamos y curioseábamos como nunca antes hubiera pensado que se pudiera hacer. Y me viro y me viro y me vuelvo a virar. Esos juegos eróticos en un Renault 6 no eran muy fáciles, pero hay que reconocer que la gana nos hizo muy creativos. Aunque amanecí al otro día con el cuello torcido y una sonrisa de oreja a oreja. El perfume de Laura es perfecto. Sólo se huele al acercarse a su cuello y te llega como una llamarada de deseo que te sube desde la ingle hasta la espalda y no quieres soltarla nunca. Laura sigue cantando un pasito adelante un pasito para atrás con su cara pegada a la mía. Ardo. Soy feliz. La Billos era la orquesta predilecta de los setenta. Puro merengue. La pareja un poco al lado dándole vista al galán. El tiempo se ha detenido en la sala del apartamento mientras la música gira alrededor de nosotros y el tiempo ha perdido su rumbo y nos mira sorprendido. Y me viro y me viro, Vironay. Nuestros cuerpos están fusionados en un sólo movimiento sensual y armónico. Our souls are blended in this eternity, me dice casi en un susurro mientras me besa el cuello. Se eriza mi piel y la imaginación. Es que Laura desde que dejo Colombia a comienzos de los ochenta vive de fiesta en fiesta y de rumba en rumba con esa generación light de seres perfectos, ricos e inteligentes que siempre está con un pie en el avión para volar al siguiente lugar donde el mundo es only for us. Pero ella, amiga coqueta y leal, cuando pasa por Francfurt, se sube al tren y en dos horas y media está tocando en la puerta de nuestro apartamento. Mi esposa hace mala cara y calla a duras penas. Presagio de posteriores peleas. Pero yo con cara seria dejo que en mis ojos las estrellas del deseo surquen el cielo de mis fantasías. Así que hace dos días Laura está de visita y hoy nos hemos quedado solos mientras mi esposa y mis hijos se fueron a Colonia a Peek & Cloppenburg de compras. Yo tenía que terminar un par de textos fue mi excusa para no ir, y Laura quería descansar de la trasnochada de anoche por la zona sur de Colonia donde los bares latinos abundan y se puede comer criollo, bailar y dejar por un momento esa sensación constante de ausencia que tiene el exilio. Un pasito pa lante, un pasito pa tras. La canción se repite y repite mientras nuestros cuerpos están tan pegados que puedo sentir su corazón acelerado. No puedo evitar besarle el cuello. Ríe y me dice necio, mire que usted es casado. Sigo dándole besos. Uno tras otro los besos se van quedando en su piel. Este es mi merengue, compadre. Damos vueltas por el cielo y por nuestros sueños. El apartamento es todo nuestro. Le digo sin pensar te quiero. Loco, mire que su esposa puede llegar en cualquier momento. Sólo río y giro con un poco más de fuerza para que ella se apriete más aún si se puede. La tarde con su luz roja de otoño aumenta nuestra sensibilidad. Pero Laura no sería Laura si en ese momento no me hubiera preguntado con toda inocencia ¿Cierto que eres honesto, no por ética o principios, sino por falta de oportunidad?

Foto de federico.relimpio

lunes, 23 de mayo de 2011

En brazos de Laura




Laura ha decidido quedarse un par de días más. Tiene el bronceado perfecto de su último viaje a Seychelles. Y yo no puedo dejar de mirar con cara de caimán hambriento su descote profundo. Se acerca a mí sonriendo mientras al fondo se oye la música de la Billos: “Y me viro , y me viro, Vironay, media vuelta a la izquierda...”Me invita a bailar ese merengue que bailábamos en las fiestas del colegio. Se aprieta contra mí, se mueve con sensualidad y mi cara se hunde en su cuello. El calor de los recuerdos me invade el cuerpo. Y me giro y me giro. Su pecho se aprieta contra el mío y sus piernas se enredan entre las mías. Y me viro, y me viro, Vironay. Me pregunta al oído: ¿recuerdas cómo nos gustaba este merengue?. Cómo no recordarlo si esa noche de mediados de julio poco antes de graduarnos por bailar con ella mi novia de entonces me dejó. Pongan atención, señores, lo que les voy a contar cómo nuestro merengue se debe bailar. En fin, que esa noche seguí bailando con Laura toda la fiesta y luego nos fuimos al Chiquito, detrás de la Clínica del Country a comer hamburguesas y tomar malteadas de fresa mientras nos besábamos, tocábamos y curioseábamos como nunca antes hubiera pensado que se pudiera hacer. Y me viro y me viro y me vuelvo a virar. Esos juegos eróticos en un Renault 6 no eran muy fáciles, pero hay que reconocer que la gana nos hizo muy creativos. Aunque amanecí al otro día con el cuello torcido y una sonrisa de oreja a oreja. El perfume de Laura es perfecto. Sólo se huele al acercarse a su cuello y te llega como una llamarada de deseo que te sube desde la ingle hasta la espalda y no quieres soltarla nunca. Laura sigue cantando un pasito adelante un pasito para atrás con su cara pegada a la mía. Ardo. Soy feliz. La Billos era la orquesta predilecta de los setenta. Puro merengue. La pareja un poco al lado dándole vista al galán. El tiempo se ha detenido en la sala del apartamento mientras la música gira alrededor de nosotros y el tiempo ha perdido su rumbo y nos mira sorprendido. Y me viro y me viro, Vironay. Nuestros cuerpos están fusionados en un sólo movimiento sensual y armónico. Our souls are blended in this eternity, me dice casi en un susurro mientras me besa el cuello. Se eriza mi piel y la imaginación. Es que Laura desde que dejo Colombia a comienzos de los ochenta vive de fiesta en fiesta y de rumba en rumba con esa generación light de seres perfectos, ricos e inteligentes que siempre está con un pie en el avión para volar al siguiente lugar donde el mundo es only for us. Pero ella, amiga coqueta y leal, cuando pasa por Francfurt, se sube al tren y en dos horas y media está tocando en la puerta del apartamento. Yo con cara seria dejo que en mis ojos las estrellas del deseo surquen el cielo de mis fantasías. Así que hace dos días Laura está de visita. Yo tenía que terminar un par de textos y Laura quería descansar de la trasnochada de anoche por la zona sur de Colonia donde los bares latinos abundan y se puede comer criollo, bailar y dejar por un momento esa sensación constante de ausencia que tiene el exilio. Un pasito pa lante, un pasito pa tras. La canción se repite y repite mientras nuestros cuerpos están tan pegados que puedo sentir su corazón acelerado. No puedo evitar besarle el cuello. Ríe y me dice necio. Sigo dándole besos. Uno tras otro los besos se van quedando en su piel. Este es mi merengue, compadre. Damos vueltas por el cielo y por nuestros sueños. El apartamento es todo nuestro. Le digo sin pensar te quiero. Loco, mire que de pronto me caso con usted. Sólo río y giro con un poco más de fuerza para que ella se apriete más aún si se puede. La tarde con su luz roja de otoño aumenta nuestra sensibilidad. Pero Laura no sería Laura si en ese momento no me hubiera preguntado con toda inocencia ¿Cierto que eres honesto, no por ética o principios, sino por falta de oportunidad?

sábado, 21 de mayo de 2011

Estambul II




Estambul con Laura es salir a desandar una ciudad que es la suma de todas las ciudades. Es tan rica, variada, interesante y soñadora que casi es un pecado dormir mientras se está en ella sólo por un par de días. En música, lo mejor es dejarse perder por los callejones de la zona de Taksim, en la parte oriental, donde todas las noches grupos en directo animan las noches. Con una mezcla entre la música tradicional turca y el pop y el rock. Estas espontáneas bandas callejeras son conocidas gracias a la película de Fatih Akin Cruzando el puente.
Así que Laura y yo cogidos de la mano, enamorados el uno del otro, de la vida y del instante hemos dejado que la noche desandara las calles que suben y bajan por Estambul para perdernos en nuestras emociones. Dejamos fluir el ambiente único y romántico de la ciudad en un otoño benigno que nos impregna de deseo y melancolía.
Laura y yo callamos para siempre la noche pasada. Pues qué podríamos decir sobre el paraíso que no se haya dicho ya. Soy feliz es lo que importa. No hay pasado ni futuro, sino un presente eterno al lado de Laura.
Nos sentamos en un café y pedimos raki. Uno frente al otro. Nos miramos y miramos. Nada más importa, salvo los dos. Memorizo la cara de Laura. Sus ojos verdes, grandes y burlones, su piel bronceada, su pelo suave y castaño, sus hombros que lleva destapados envueltos a la altura de los brazos por un chal de cachemire caramelo. Soy su adorador. Estoy entregado a ella. Creo que no hemos hablado casi nada. Hemos dejado que nuestros dedos se conozcan, que nuestras manos digan por nosotros lo que hemos callado tanto tiempo. Su perfume que sólo yo huelo, en el que caigo rendido de amor, me enloquece. Quisiera que este instante no terminara nunca.
Pero un grupo de músicos se acercan a nosotros y se paran enfrente y le cantan a Laura. A mí ni me ven. En realidad todos sólo la miramos. Una canción llena de sentimiento y melodía cantada por una voz sorprendente nos deja turbados.
Para volver a la realidad hablamos de cine. Porque el cine turco es de lo mejor que hay en este momento en las pantallas que no son dominadas por le circuito hollywoodense de consumo de imágenes.
Películas que tratan temas universales pero lo hacen desde un punto de vista estrictamente local. La autoridad paterna, la traición, el amor fou, el machismo, el dolor inherente a madurar o el desengaño están presentes en una obra que mira a Europa y al mismo tiempo a los maestros asiáticos, con Kiarostami como influencia ineludible. En apenas una década, el cine turco ha pasado de prácticamente no existir a tener una presencia destacada en los grandes festivales internacionales. Es el despertar de una generación que, como refleja la película Ara, de Umit Unal, creció en un país empobrecido y maduró en otro que aspira a entrar en la Unión Europea y avanza, con no pocas dificultades, hacia la modernidad. De momento, el cine turco ha conseguido lo que en muchos países del continente parece una quimera, ser el preferido por sus propios habitantes. Sin embargo, sus mejores directores se lamentan de que el público prefiera “comedias vacuas” al cine que está triunfando entre el público occidental más exquisito. No puede decirse que sea un mal local. Si en economía se habla de países emergentes; en cine, junto a Rumanía, Israel o Corea, Turquía forma hoy parte de ese selecto grupo de cinematografías que, tras años de penurias, están viviendo un renacer.
A medianoche nos levantamos y abrazados descendemos hacia el Bósforo, que en turco se dice "Bogaziçi" y significa estrecho. Laura recuesta su cabeza en mi pecho y puedo oler su pelo y sentirlo en mi cara.
Al llegar antes de despedirse me dice -La hemos pasado de película-.

viernes, 20 de mayo de 2011

Estambul



Estoy en Estambul. No me lo puedo creer: estoy en un apartamento con vista al Cuerno de Oro. Una ciudad magnífica está a mis pies. Al frente, en el Asia, las luces de la ciudad se alegran de mi presencia. Estoy del lado europeo en una noche fría y con el cielo despejado. He salido a la terraza que está llena de flores puestas con estudiado desdén por el piso y al borde de la baranda cuelgan enredaderas. No he podido evitar el deseo de respirar profundo, de sentir el aire mágico de la ciudad. Es un sueño. Yo, natural del altiplano cundiboyacense, estoy en uno de los sitios más bellos del mundo con Laura. Estoy feliz.
Laura es la mujer de las sorpresas. Anoche después de una llamada que recibió, se acercó a mí con esa sonrisa que siempre pone cuando está a punto de hacer una locura y me dijo: Tienes el pasaporte vigente, nos vamos para Estambul. No era pregunta, era una orden. Me quedé un segundo callado. Ella se rió, me cogió de las manos y me alzó. A mover la colita. Cuando ella habla suele mezclar textos de canciones bailables. Espera un momento, ¿es en serio?
Claro que es en serio, espera y le pido permiso a mi esposa. Sin esperar mi respuesta se fue al cuarto de mi esposa y al minuto salió diciendo: Tienes su permiso. Laura, Laura, ¿por qué me haces esto? me pregunto. Bueno, no me sorprendió, pues ella es así. Fui a hablar con mi esposa y me dijo que me fuera tranquilo. Te sirve para cambiar de aires, yo me encargo de todo en esta casa. Me miró, sin embargo, como quien ve a alguien que va a hacer algo prohibido. Últimamente me es cada vez más fácil escoger el placer al deber. No sé bien qué es esa necesidad imperiosa de vivir el momento o, tal vez, sí lo sé, pero me callo, porque así me va mejor. Así que sin decir nada me fui a alistar la maleta. Aún no sé qué vamos a hacer en Estambul. Regresamos el sábado en la mañana. Laura me ha dicho que ella se encarga de todo, que sólo aliste un par de cosas, un par de camisas blancas y una chaqueta. Sin corbata, ha insistido. Cuando ella dice que se va a encargar de todo es de todo. Así que sólo me preocupo por preparar las maletas y guardar el pasaporte.
Cuando llegamos al aeropuerto de Colonia no me había dicho en cuál aerolínea íbamos a volar. Al bajarnos del taxi en vez de entrar al edificio principal nos recogió un carro del aeropuerto y nos llevó directo a un hangar aledaño. Yo estaba mudo de la sorpresa y ella atenta a mis gestos. El carro nos dejó a las puertas de uno de esos jets privados que se ven en las películas de Hollywood.
Alcancé a pensar que era mamadera de gallo de Laura, pero no. Una azafata nos esperaba a la puerta. Nos pidió los pasaportes y nos invitó a pasar. Ella se encargó del papeleo burocrático. El avión por dentro estaba enchapado en madera y con sillas enormes de cuero. Había seis puestos. Pero los únicos viajeros éramos Laura y yo. Imagínense, yo que toda la vida he volado en butaca, de pronto estoy sentado con mi amiga Laura en un jet privado rumbo a Estambul. Hasta que despegamos no abrí mi boca de puro desconcierto y asombro. Esto de ser de clase media me quitó la voz. O mejor, no sé por qué me olvidé de que Laura es millonaria de esas de película. Ella me recuerda a Daisy Fay, la bella y adorable millonaria de Long Island, el personaje del Gran Gatsby de Scott Fitzgerald. En ese ámbito de competencia, frivolidad, locura, música de jazz, que ya llegaba para desplazar al shimmy y al fox-trot, Nick describe su llegada a la costa de Long Island y su encuentro con su prima Daisy —“resplandeciente como la plata, tranquila y orgullosa—casada con Tom Buchanan, robusto y pragmático ejemplar, representativo de ese ambiente rapaz, y allá arriba, en el blanco palacio, la hija del rey, la muchacha de oro”.
Debe ser por lo genial que es conmigo, por su forma tranquila y sencilla de aceptar que soy de otro mundo, el de las cuentas y los presupuestos mensuales, que no puedo resistirme a su seducción. La verdad es que estaba deslumbrado, como calentano en Bogotá, mejor dicho.
El vuelo duró cuatro horas en que estuve tratando de que Laura me contara qué íbamos a hacer en Estambul. Lo único que me dijo era que íbamos a la fiesta de un amigo. Durante el viaje me estuvo contando de su viaje a Seychelles con uno de sus ex. No sé por qué las mujeres piensan que me pueden contar sus confidencias emocionales. No me interesa saber de las mujeres que quiero nada de su vida amorosa anterior, paralela o futura. Cuando alguien me gusta sólo me interesa el nosotros. Lo que los dos somos en el momento. Ya sé que todos tenemos un antes, un durante y un después. Pero, por qué he de escuchar lo genial que son otros hombres, lo malos que son o lo mucho que las hacen sufrir. En esto son iguales ricas y pobres, nobles o plebeyas, feas o bonitas, viejas o jóvenes. Pero claro la buena educación de un bogotano no se pierde ni a diez mil metros de altura y la escuché con atención. Además ella tiene una manera de contar las cosas que me gusta. Así se pasó el tiempo. En el caos de emociones y deslumbramiento que se apoderó de mi mente sólo tomé agua y no probé unos pasabocas que se veían deliciosos.
Después de anunciarnos que aterrizábamos en el aeropuerto Sabiha Gökçen de Estambul, la azafata me informó que como colombiano tenía que tener visa para entrar a Turquía. Mi ánimo se vino al piso por un instante, pero ahí mismo agregó que me iban a dar un permiso especial por tres días para permanecer en la ciudad. El capitán del avión ya lo había arreglado con las autoridades turcas.¡Qué alivio! Mientras el papeleo esperamos en el avión. Laura aprovechó ese instante para cogerme la mano y decirme que me quería mucho. No pude evitar ponerme colorado. De la adolescencia me queda ese recuerdo emocional de ponerme colorado cuando alguien me dice cosas muy personales a quemarropa o me halagan. Ella se privó de la risa y me dijo con su humor: una coloreada vale más que mil palabras.

Continúa en Estambul II

miércoles, 18 de mayo de 2011

Pensamientos en el cementerio









Se puede asesinar a alguien sin siquiera tocarlo, sin hablarle, sin mirarlo, en el más absoluto silencio. Es posible y yo lo hice. Estoy acá parada frente a la tumba de mi marido viendo cabizbaja como lo entierran, como desaparece de una vez para siempre. Él pensó que yo no vencería. Se equivocó y ahora está pagando por ello. Pronto, en menos de una hora, estará tres metros bajo tierra inmensamente solo. Definitivamente muerto.

Quizás lo que lo llevó a morir a manos mías fue su insoportable optimismo, su deseo de ser feliz, de hacer que todos vivieran en armonía. No pude aguantar esa forma de vivir: pensando siempre que mañana todo sería mejor. Tenía que demostrarle que estaba equivocado, que así no se debe vivir. Esa no es una forma humana de vivir, es de ángeles. Y eso no podía ser, porque yo había vivido de otro modo. Hubiera sido el fin, el derrumbe de todas las justificaciones de mi vida. Cómo podría explicar, entonces, que el fracaso es cosa de uno mismo, o que uno puede ser feliz o, peor, hacer feliz a otros. No la vida que yo viví era una constante pelea por ser la mejor, por vencer a los otros, por tener razón a cualquier precio. En definitiva, ser superior. Ser invencible. Y así fue. Hoy él se queda acá en medio de las flores y los muertos y yo me voy a casa a seguir mi vida.

Se puede morir y seguir pensando. Estoy a punto de ser enterrado y veo a la mujer que me mató junto al hueco de mi tumba mientras espera tranquila que me cubran de tierra.

Hasta la soledad tenía miedo de quedarse contigo a solas. Le temíamos a tu furia, a tu tontería y a tu egoísmo. En fin, la vida con una psicópata no fue fácil. Hasta que me di cuenta de que lo eras, ya era tarde. Me estabas matando desde hacia tantos años como yo llevaba tratando de entenderte y de querer hacer una vida contigo. Pero los dos buscábamos en el otro algo diferente: tú, una victima para tu maldad, y yo, una mujer para compartir la vida. Llegamos por distintos caminos al otro y por diferentes rutas terminaríamos nuestra vida. Yo en el cementerio y tú persiguiendo la soledad que huía de ti.

martes, 17 de mayo de 2011

Poulet au citron y brochette de gambas


Es medianoche. Hace un frío que cala los huesos y que hace que la cabeza mía parezca una orquesta entre algodones. El apartamento está a oscuras. Hay un silencio total. Yo sigo leyendo, escribiendo y soñando. Es en esos globos en los que dejo que mi mente divague nuevos mundos donde surgen los poemas, las ideas para escribir. Después es sólo coser y cantar. Pero la semilla original, la razón o el sentido de un poema casi siempre salen de andar con la mente en otro lado. Lo que los demás llaman “no hacer nada”. He estado revisando textos viejos. Tengo la costumbre de escribir cualquier idea que me pasa por la cabeza. Dejarla ahí. Olvidada. Luego de un tiempo, regreso y la leo. Si aún me sigue gustando, puede que comience a escribir algo más, o la dejo en reserva. Otras que me parecen que nada de nada, desaparecen. Ya habrá nuevas ideas. Cuando principié a escribir no quería botar, borrar o deshacerme de nada escrito. Todo me parecía único e importante. Con el tiempo he caído en cuenta que lo que sirve de verdad no es tanto, que lo que es imprescindible sí que es menos. En fin, gajes del oficio.
Suena el teléfono. Me sobresalto. No me gustan las llamadas a medianoche e inesperadas. No presagian nada bueno. Son las llamadas de las malas noticias.
Mi cuerpo siempre se prepara para lo peor. La descarga de adrenalina es inevitable. Me pongo tenso. Contesto ahí mismo. Es Laura. Me tranquilizo. No puede ser nada grave. No tiene el sentido de las horas y menos de que los mortales de la clase media duermen en la noche. Aunque soy un vividor de la noche. Cuando estoy solo y a oscuras puedo concentrarme mejor. Esa costumbre nació con la llegada de los niños. Durante los últimos veinticinco años ellos han sido el eje de mi vida . Pospuse la vida para que ellos crecieran de la mejor manera posible. Me es difícil creer en el cuento ese de que los niños necesitan calidad en la relación con los padres. Mi experiencia me dice que los niños necesitan que la mamá o el papá estén cuando ellos los necesitan. Y eso suele ser a cualquier hora de todos los días, semanas, meses y años.
La voz de Laura al teléfono me gusta. Todo en ella me atrae. Pero esta vez me suelta una pregunta inesperada: ¿Por qué será que nadie quiere oír la verdad?
No sé qué responder. Se me ocurren mil respuestas, pero también sé que ninguna es la que ella necesita oír. Así que callo.

Pienso las mil y una razones que tenemos para no querer oír la verdad, esa verdad que cuando se dice viene empacada como consejo, pero contiene un reproche o un rechazo a algo que uno ha hecho, piensa o siente. La verdad de los demás no me gusta. Llega siempre desde una superioridad moral o social que no me agrada, que me revuelve el estómago. Y me pregunto a qué se refiere con oír la verdad. Al otro lado del teléfono oigo la risa de ella y su voz alegre de siempre que dice: “No me refiero a esa verdad que estás pensando. No. Te lo digo, porque estoy fastidiada con mi consejera de inversiones que se ha puesto como un titi porque le dije que sus últimos consejos me habían costado un dineral. Y se ha puesto a darme una serie de excusas idiotas, o peor, explicaciones como si yo fuera pendeja. Me tocó decirle que no la embarrará más, que yo era consciente de que esas inversiones eran de alto riesgo, especulativas. Y así las asumía. Pero lo absurdo del asunto es que terminé excusándome por ella.” Me quita un peso del corazón. Ya esperaba algo más fuerte a esta hora de la noche. Pero no fue así y pude relajarme. Pero, Laura que es una ametralladora de ideas, continuó hablando – la otra verdad que quería comentarte- Ay dios, alcancé a pensar. Se escucha su risa por el teléfono. Siempre su risa que interrumpe mis pensamientos y mis presagios funestos. -La verdad que quiero que escuches es que ya te compré los pasajes en el Thalys de mañana que sale de Colonia para París a las seis de la mañana. Te espero en la estación del Norte a las nueve y cuarto en punto. Ciao. - Me dice que me va a mandar por el computador el billete de tren, y cuelga sin esperar mi respuesta.
Me recuesto y sonrío. La idea me parece perfecta: estoy solo y puedo disfrutar de París con ella por un par de días.
La estación de Colonia a las seis de la mañana es un hervidero de personas que se dirigen a sus trabajos, de otros que desayunan en una de las muchas cafeterías que hay, de grupos de turistas, estudiantes y personas mayores que se dirigen a otra ciudad ya sea de paso, a visitar a un familiar o en busca de un futuro mejor. Me gusta el bullicio vital de la gente en movimiento. Ese estar en medio de la vida de otros y percibirlos por un instante, y luego olvidarnos los unos de los otros. Me pregunto cuántos desconocidos nos habremos encontrado más de una vez en diferentes lugares sin saber los unos de los otros. Viene a mi memoria el verso de Manrique “Nuestras vidas son los ríos que dan a ese mar que es el morir” aunque no estoy pensando en la muerte. Mas bien en que las multitudes son como ríos de pensamientos que fluyen y se transforman continuamente y que van a unirse con otros formando nuevos mares de ideas y pensamientos. Creo que tenemos mucho de colonia de hormigas. La humanidad quizá sólo sea un órgano vivo único con células ilusas que creen ser individuos independientes. Un engaño de la naturaleza para lograr sus metas. Pero el Thalys espera por mí y París ya está en mi mente.

En tres horas y cuarto se llega a París después de pasar Aquisgrán y Bruselas. Laura de bufanda verde y toda de negro me espera a la salida del tren en la Gare du Nord, grande, bulliciosa y con mucho amigo de lo ajeno. Nos abrazamos, nos besamos y yo aspiro su perfume. Me encanta que sólo lo huelo, si me acerco mucho a ella, si la rozo. Ese es para mí el perfume perfecto, el que sólo huelen los cercanos, los muy cercanos. En cambio esas personas que dejan un rastro de perfume por la vida, me irritan. Durante el viaje estuve pensando en mí, en mi vida, en los fracasos, en los sueños frustrados y en las mil cosas que ya nunca haré. Mi vida es un desamor completo. Me he estado despidiendo de cada sueño que tuve, de las cosas que pensaba que era obvio que lograría y que no alcancé, de las mujeres que nunca besé y de los muchos lugares que no he visto. También, me abruma la sensación de no estar seguro de qué es lo que quiero de verdad. Si sólo sigo la corriente de lo establecido o es un dejarme llevar hacia un destino no buscado. Acaso alguien es capitán de su vida, porque yo no. A duras penas un marinero en esa nave fantasma que es mi vida. En fin, que el viaje solo en un vagón medio lleno de hombres de negocios ensimismados en sus portátiles fue también un viaje a la melancolía. No sé cómo son los demás, pero yo voy y vengo de la orilla de la tristeza a las playas de la alegría, y la mayor parte del tiempo estoy de viaje por lo anodino, por el tiempo que no es tiempo ni nada, sólo el espacio entre las pocas cosas interesantes que me pasan. Y estar en París con Laura es una de ellas.

Mientras voy del brazo de Laura, tengo el deseo de besarla de nuevo, de sentir su deseo, de dar rienda suelta al mío. Sé que la deseo, que la quiero y que he estado enamorado de ella desde esa lejana fiesta en la época del colegio. Entonces ¿por qué nuestras vidas han tomado rumbos tan distintos? Una y otra vez me hago esa pregunta, mientras observo mi pasado del cual no estoy orgulloso. No es que haya hecho algo malo, es que no he hecho algo memorable. Y no nos digamos mentiras, nos educan para ser sobresalientes, nos meten todo el tiempo héroes de papel periódico, y uno (porque son muchos los que como yo hemos caído en la trampa de buscar metas imposibles) un día al despertarse y mirarse al espejo se da cuenta que el momento pasó y que no pasó nada con nosotros. Pero la voz de Laura me devuelve a la realidad -Rico estar contigo en París- me dice mientras se aprieta a mí. Yo sólo pienso en qué rico estar con ella en cualquier lugar del mundo.

Después de recorrer durante la tarde las mil y una atracciones de la ciudad, de subir a la torre Eifel, construida para la exposición mundial de 1889 de París por el ingeniero Ferdinand Eiffel, y que fue considerada en su momento un adefesio, conocida al principio como la torre de los trecientos treinta metros, de mirar la ciudad desde la terraza con una sensación de vértigo y con un deseo de bajar lo más rápido posible, sin fotos como de costumbre con Laura, de descansar un rato en el apartamento de ella frente al parque de los Campos de Marte, en la avenida de La Motte-Picquet, mi adorada amiga apareció en un vestido verde oscuro espectacular, me tomó del brazo y me llevó a una brasserie cercana en el 2 de Place De L´ecole militaire, La Terrasse, y hace honor a su nombre pues tiene una terraza grande donde sentarse a cenar. La temperatura es ideal y el aire de comienzos del verano invita a disfrutar de la comida y la charla ligera en medio de parejas que se muestran y son observadas por los demás. Un instante de pelicúla, pienso mientras me veo reflejado en los ojos verdes de Laura, que como es su costumbre, está de quitar el aliento. El mesero, un nativo de la Martinica, se acerca a la mesa y la saluda con una sonrisa reservada para los clientes habituales, los que ya son parte del lugar. Laura es encantadora con todas las personas. No hay nadie que no quede fascinada por su manera de ser. Ella tiene el don de hacer sentir único a cualquier persona que hable con ella, ya sea camarero o millonario. Laura pide poulet au citron y yo brochette de gambas.

Mientras cenamos y charlamos de las cosas que nos han pasado en estos últimos meses en que no nos hemos visto, la noche se adueña de la calle. Laura no ha dejado de mirarme y yo tampoco a ella. El mundo a nuestro alrededor no existe. Sólo los dos. El uno para el otro. Hay una corriente de atracción entre los dos. Una fuerza que nos lleva al otro. No soy yo en ese momento, soy los dos de una forma que no se puede explicar, sólo sentir, disfrutar. Una necesidad de ella, de ser en ella y para ella. Sólo dudo si ella estará sintiendo lo mismo. Le cojo la mano y siento un calor que invade mi cuerpo y la urgencia de acercarme a ella. Laura sonríe y acerca su boca a mi oreja y me susurra “Esta noche dormiremos juntos”.

A la mañana siguiente, con París a mis pies y Laura durmiendo a mi lado, me siento en la cama, me desperezo, miro por la ventana que da al parque y disfruto de ese instante de armonía. Amanecí dispuesto a ser más yo que nunca. Voy al escritorio y escribo en un papel con membrete:

Poema para Laura

Te quiero de otra manera,
te quiero con la certeza,
quizá lejana, de que un día,
tú y yo,
salgamos de nuestra soledad
y poblemos la vida
con nuestro amor.
Te quiero, porque tu eres
la otra orilla de ese amor,
porque cuando mi tristeza
te mira, desaparece,
porque hemos nadado
en el otro, y descubierto
que el universo está allí.
Te quiero, porque mi risa
vuela hasta tu boca
y te besa, porque tus besos
nadan hasta mi cuerpo
y me devuelven
la piel enamorada de otros días.
Te quiero,
porque eres tú y no otra.
Te quiero,
porque cuando dices mi nombre
es el amor el que habla.
Te quiero sin cansarme nunca
y porque entre más te quiero,
más me quiero.
Te quiero, porque contigo
la vida es para siempre.

martes, 10 de mayo de 2011

Corvara in Badia



Corvara in Badia


Son casi las once de la noche. Estoy oyendo a Amancio Prada. Tengo una jaula en el pecho y en la jaula dentro un pájaro. Estoy con dolor de garganta y me lloran los ojos. La temperatura ha subido y ya estamos sobre diez grados. Al fin la primavera ha decidido desperezarse y se ha trepado a cada rama de los árboles y los ha ido llenando de capullos que pronto se llenaran de hojas tiritando de vida. El cielo está oscuro y cubierto de nubes. Aun de noche se ven las nubes grises contra el negro del infinito. Tengo tristeza. Las noticias sólo hablan de la catástrofe del Japón. Es angustioso.
El celular suena. Me sorprende el sonido, pues lo tengo desde hace poco. No me acostumbro a que nadie me llame. Pero Laura ha insistido en que es absurdo que viva en pleno siglo XXI y no tenga un celular. Así que ahora tengo un celular al que sólo me llama Laura, mi adorada, mi amor secreto, mi otro yo, mi amiga del alma, mi amor imposible. Siempre que pienso en ella me pongo contento, sonrío.
Miro el mensaje que me ha mandado: Buenas noches, mi bello, prende el Skype y hablamos un rato. Me pregunto dónde estará y con quién. Laura no para nunca de viajar y de cambiar de amante y vida. Es incansable. el pájaro lleva dentro del pecho un niño cantando en una jaula lo que yo canto.
Qué sueños traviesos me contará esta vez y habrá pensado en mí. La lluvia quisiera ser...Prendo el Skype y allí está Laura: bella como siempre envuelta en una bata de baño no demasiado cerrada que deja ver su pecho blanco y tentador. Se acerca a la cámara y me manda un beso. No me mires con esa cara de ganas, me dice sonriendo. Me olvidaba que ella también me ve. En fin, una vez más dejo que mi amor por ella sea más que obvio. Hola, buenas noches, ¿cómo estás y dónde? Estoy esquiando en Italia en las Dolomitas, responde mientras se echa hacia atrás el pelo que le cae sobre la cara. Me siento torpe frente a ella. No sé por qué me cruza la imagen de Ötzi, el hombre de hace miles de años que descubrieron hace un tiempo por esos lados. Uyyy, qué delicia!, respondo por reflejo. Pienso en lo mucho que ella viaja y en lo poco que yo lo hago. Y cuando viajo sólo lo hago a ciudades: Colonia, Düsseldorf, París, Madrid, Milán o Hamburgo. Ella, en cambio está en los sitios del momento y en los que un día estarán de moda. Ella es una de esas mujeres que crean tendencias en la moda y en los sitios play del mundo, de ese mundo al que no pertenezco.
Estoy en Corvara in Badia, una estación de esquí al noreste de Bolzano, con unos amigos que me encontré en Milán. Está lleno de romanos que no hacen otra cosa que ostentar que han votado por Berlusconi y que la plata les sobra y la modestia no la conocen. Un poco arribista me parece todo- me dice mientras me manda un beso desde la distancia. Me pregunto cómo sabe que son romanos y no milaneses o turineses. - Y tú, ¿Cómo estás? ¿Cómo encontraste tu casa? ¿Todos bien? Le contestó con la respuesta cliché de todo bien, muy bien. No es el momento de ponerme a contarle mis pequeños problemas caseros.

El viento quisiera ser: el viento que pasa y deja un paisaje estremecido en tus ojos y en el oído el eco.
Está tomando un jugo de naranja, pero me explica que tiene champaña. Y ríe como sólo ella sabe reír. Laura tiene el poder de convertirme en espectador de su vida. Me fascina. Hablamos un rato sobre nuestras cosas, reímos y nos mandamos besos. Me dice que si todavía la quiero. Yo como un niño chiquito me pongo colorado. Siempre me pasa lo mismo. Sabes que yo te adoro, le digo. Y yo me lo creo, responde burlona.
Laura me mira con sus ojos verdes y me suelta una pregunta bomba: en tu FB escribes sobre los políticos siempre en un tono crítico y, a veces, sarcástico. Quiero saber ¿qué haces para que la situación política colombiana cambie? Yo, que tengo la mirada perdida en sus piernas, esquivo su mirada, suspiro para ganar tiempo y con un rubor que me sube a la cabeza le contesto a media voz:Nada, salvo hablar y escribir, no muevo un dedo.

La noche quisiera ser:
La noche que con agujas de cristal
teje tus sueños
y el delirio que te enciende
cuando más sola estás
y nada esperas,
contigo a solas soñando
el negro sauce de la noche que te envuelve.