martes, 6 de marzo de 2012

El honor militar en Colombia







Me da tristeza cuando oigo a algunos militares hablando de su honor y veo cómo la ultra derecha colombiana los utiliza de guachimanes, de mandaderos y de pistoleros de sus intereses.  Y pena ajena cuando veo con qué desprecio los tratan  una vez les han hecho el trabajo sucio.

Los militares deben olvidarse de que los van a dejar casarse con las hijas de la gente bien o ser socios del club de sus amos. La verdad es que los usan mientras los desprecian.

Los militares no deberían tomar partido en la lucha interna que destruye al país, salvo que sea para impedir la lucha fratricida.
Deberían hacerlo por su honor y su dignidad y, sobretodo, porque es su deber constitucional.


Definición del honor militar de la página del ejercito colombiano:

Honor militar

Obligación que tiene el militar de obrar siempre en forma recta e irreprochable. Asumir con orgullo y respeto la investidura militar.

martes, 28 de febrero de 2012

Con que tranquilidad se toma la vida mis afanes.





Yo que dejé que el amor lloviera sobre mí, que he esperado el amor toda una vida, que no me hago ya ilusiones ni de la tristeza, regreso una y otra vez a la niñez en busca de ese lugar seguro que eran los brazos de mamá. Pero ella está tan cerca de las montañas que tanto queremos y yo tan lejos que sólo me queda pedalear cada noche hasta perderme en las estrellas.

Ellas ya sé que no podrán cumplir mis sueños y tendré que irme solo con la vida. No he hecho otra cosa que andar solo por el mundo entreteniendo el miedo con cuentos y poemas. Mi vida es el de un caminante errante, abandonado por ellas, que no quería otra cosa que ser de ellas.

No logré que el amor creyera en mí, que se quedara por mucho tiempo conmigo, Siempre estaba de afán. Ahora que ya voy llegando al destino de los que nunca supimos entender la vida, dejo una vez más que la ausencia de ellas llueva sobre mí y me devuelvan quizá alguno de los sueños que con ellas viví.

La vida tiene frío y quiere irse a dormir. Me temo que de su sueño ya nunca despertaré.

viernes, 24 de febrero de 2012

La maestra de Kinder








Tante Lucía


Con ella llegaron las primeras mariposas a mi vida, descubrí la valentía de los tímidos cuando está de por medio el amor. Sentí que ella era la vida. Se llamaba Tante Lucía y era mi maestra de kinder. Ella fue lo único por lo que valió la pena ir al colegio.

No sé si ella supo de ese amor secreto que era mi sentir por ella. Creo recordar que sólo quería estar a su lado, que me hablara, que me mirara.

Pero nunca le dije que la amaba. Salvo que ella leyera la mirada mía cuando callaba de amor, nunca sintió lo que yo viví por ella.

Ella fue mi primer amor y mi primera vez que no supe si era amado. De las mujeres que nunca supe si me amaban sólo puedo decir maravillas. Porque sin ellas, sin la incertidumbre de no saber si sería suyo, no hubiera entendido la generosidad del amor de las que en un momento de debilidad o de iluminación me han amado.

Las dos, las que me han amado y las que no, me han dejado caminar a su lado, aprender de su vida, me han dado su conocimiento, su sensibilidad, su respeto, su mano cuando la he necesitado.

El amor me da la vida. Las mujeres me han dado lo mejor de mí: su amor, la poesía que llevan en su espíritu. Y las que me han amado, ellas lo han sido todo para mí: el cielo, la lluvia, los días de sol, el verano, la eternidad. Ellas me han hecho saber para qué es la vida: para amar y ser amado.

Pero siempre hay alguien, la única que no sé si me amó como yo la adoraba,  y siento después de haber conocido el amor verdadero y de tanto tiempo transcurrido, que era la única que debió saber de mi amor cuando yo tenía cuatro años.



Nota: yo soy el segundo de derecha a izquierda en la fila de atrás. Foto en el Colegio Andino, el colegio alemán de Bogotá. Y ella es Tante Lucía, mi primer amor.

lunes, 6 de febrero de 2012

Mi abuelo y yo








Mi abuelo y yo nos adorábamos. En mis recuerdos voy cogido de su mano caminando; o estoy en sus rodillas oyéndolo contar historias de nuestra familia; o estoy sentado a su lado viendo una película de televisión que se llamaba “Combate” sobre un grupo de soldados americanos en la Segunda Guerra Mundial. Nos encantaba estar juntos. Mi abuelo era bello, era generoso, era alegre y sobre todo tierno. De él y a través de mamá heredé el poder ser tierno con las personas.

Uno de los recuerdos que jamás olvidaré es cuando me explicó qué era ser liberal. Era de noche, íbamos en una camioneta Chevrolet verde que tenía papá y ellos dos iban hablando de política: de godos y liberales. Yo los escuchaba absorto. De niño escuchaba todo y nada se me olvidaba. Era una esponja de información. No tenía criterios, sólo absorbía todo lo que oía, veía, sentía y preguntaba y preguntaba hasta el infinito. Mis padres y mis abuelos siempre tuvieron tiempo y ganas para contestar cada una de mis preguntas. Así que al oírlos le pregunté a mi abuelo qué éramos, me dijo que éramos liberales. Entonces volví a preguntar qué era ser liberal y él me dijo que eran los buenos. Y yo insistí en saber por qué eran los buenos y él mirándome con sus ojos azules y una sonrisa en su boca me respondió que ser liberal era estar a favor de los pobres y de los indefensos y por eso éramos buenos. Desde ese día, siempre estoy a favor de los pobres y los indefensos. Esto me ha valido muchos problemas, pero no me importa demasiado.

Yo era el más amado de mi abuelo. Y él para mí era el más amado. Él era todo para mí, aunque en ese momento no era consciente de su importancia en mi vida. El primer día de colegio, él me estaba esperando para recibirme del bus y el bus no paró. Me devolvieron al colegio y yo tenía mucho miedo y angustia. El tiempo en la portería del colegio me pareció una eternidad. Hasta que apareció mi abuelo con mamá detrás y me alzó en sus brazos y me besaron y reían contentos. Yo también estaba aliviado y feliz de verlos.

Mi abuelo y mamá eran muy parecidos en su manera de ser. Alegres y siempre disfrutando de las pequeñas y grandes cosas de la vida. Ambos eran tiernos y generosos, muy generosos. Tuve la suerte de ser amado por muchas personas en la niñez. Ellos dos son mis más cercanas semejanzas emocionales.

Mi abuelo murió cuando yo tenía once años, un sábado en que tenía colegio. Uno de los días más tristes de mi vida. Al regresar del colegio, las tías de papá nos estaban esperando a mi hermana y a mí. Nos llevaron a la casa de ellas en La Candelaria. Una casa enorme con cantidad de cuartos y recovecos. Mis tías eran en realidad dos tías de papá y su hermana. Ellas también nos consentían muchísimo. Recuerdo que el domingo temprano me desperté y lo primero que hice fue coger El Tiempo y mirar la página de sociales para ver si salía algo de mi abuelo. Sí, ahí estaba la foto de mi abuelo y decía que había muerto. La garganta se me secó. No hablé hasta llegar a la casa. Subí al cuarto de mis papás y me abracé a papá, quien me estrechó con fuerza contra su pecho mientras me acariciaba. Lloré la tristeza más infinita que haya sentido, pero al mismo tiempo en brazos de papá supe ya para siempre lo mucho que papá me quería.

Años después, supe que mi abuelo había sido golpeado en un pueblo conservador de tal forma que jamás pudo volver a trabajar y que mi abuelo paterno había sido asesinado por los godos en una de sus fincas. Que mi abuelo no volviera a trabajar dejó en la ruina a la familia de mamá. Los cuadros de los antepasados y de la herencia de la familia terminaron vendidos al Museo Nacional y al Museo del Florero. Mi abuela tuvo que trabajar cosiendo ropa y mamá a los quince años trabajó como telefonista en el consultorio de un tío. De la familia quedaron los albúmenes de fotos, las anécdotas, cierta amargura por la pérdida de posición económica y la ternura maravillosa de mi abuelo.

Por mucho tiempo no podía pensar ni hablar de mi abuelo sin que tuviera que llorar. Sin embargo, en mi familia nadie siente rencor por los godos. Pero por ello rechazo todo tipo de violencia y atropello viniera de donde viniere.

Ahora cuando estoy al lado de mamá charlando sobre cualquier tema y entre los dos se crea una intimidad profunda, siento que de alguna manera inexplicable también mi abuelo está con nosotros.

viernes, 3 de febrero de 2012

El viaje de la vida



Durante el viaje de la vida, 
de los descubrimientos y del amor,
la derrota fue la única compañera leal
y con ella bailé y dormí
en noches en que nadie más estuvo a mi lado
hasta que de nuevo me levanté a enfrentar la vida
y si no renuncié a ésta, es porque nadie
al verme vencido dudó de mí.
Con el miedo y el dolor hice buenos amigos
y a ambos los traté con respeto
mientras avanzábamos hombro a hombro
en busca de mi destino.
Hice lo que mejor pude
y, sin embargo, fracasé sin remedio
en casi todo lo que intenté,
aun en el amor que fue abundante
a la hora de caer en brazos de ellas.
Me queda la certeza de haberlo intentado.
A pesar del miedo, del dolor y de mí,
le arranqué a la vida
el derecho a ser parte de ella.

jueves, 2 de febrero de 2012

Declaración de amor













He terminado amando la vida casi tanto como a ti, porque es la única forma que tengo para verte cuando vuelas por mi mente; porque hace posible que a cierta hora de la tarde te voltees a mirarme y me sonrías; porque sólo si vivo siento como el aire besa mi piel cuando me rozas; porque sólo vivo conozco los lugares que recorres y donde dejas abandonados pensamientos que a veces, eso quiero creer, también son para mí; porque al amanecer puedo oír tu respiración al otro lado del mundo mientras soñamos; porque la vida es la única manera que conozco de verte aunque no te vea, de quererte aunque no quieras; porque sólo si vivo, pueden mis poemas recorrer tu piel una y otra vez y volverse beso y caricia.
En fin, que amo la vida casi tanto como a ti, porque tú amas la vida casi tanto como a mí.

jueves, 19 de enero de 2012

La coleccionista de miradas









"I'll be your mirror
Reflect what you are, in case you don't know
I'll be the wind, the rain and the sunset
The light on your door to show that you're home"





Al principio fue la mirada. De ella nació la atracción. Después vino el querer: ese querer ser parte del otro. Ser en el otro. Quererse. Desearse. Así surgió el amor que ellos tanto trataron de evitar.

Tener marido es tener un hombre de más y el resto de hombres de menos, pensó poco antes de aterrizar en Bogotá. Regresaba de las Islas después de haber dejado a su último amante con un no me quiero casar contigo y la boca abierta mientras el pobre la miraba entre admirado y pasmado. Había sido su mejor amante. La había hecho sentir el cielo en el cuerpo. Sabía mandar en la cama y eso le encantaba. De sólo pensar se mojaba de ganas. Él era el macho de su vida. Nunca le había parecido el tiempo pasado con un hombre tan bien aprovechado. Desde su cuerpo dorado y sus músculos fuertes y firmes hasta esa mirada de macho arrecho que tanto la había atraído de él la noche que se lo encontró en la discoteca. Fue deseo al instante. Fue su ligero acento extranjero y esa mirada burlona y segura lo que la dispuso  a ser de él. Él pensó que la había conquistado aquella noche pero no; ella había decidido en el instante mismo de reconocerlo entre la multitud que sería de ella. A los hombres les cuesta mucho trabajo convivir con la idea de ser presa y no cazador. Pero desde que ella fue consciente de su cuerpo y de la atracción que producía en ellos, fueron éstos los objetos de sus deseos. Los escogió por bonitos, por buenos, por mirones y, sobretodo, porque se habían fijado en ella. Ser deseada era algo que la volvía loca. La emocionaba y le daba un placer inigualable. Los hombres , de antemano, están predispuestos a caer. No lo saben, pero están a merced de ellas. De nosotras, pensó mientras sonreía y veía por la ventanilla del avión la Sabana de Bogotá cubierta de plásticos que escondían y protegían la riqueza de la tierra: las flores. Millones de flores que invaden los mercados americanos y europeos y dejan una estela de dólares a unos pocos dueños de cultivos. Durante varios meses todo funcionó de maravilla hasta que él empezó a querer imponer sus puntos de vista y a desear moldearla a la medida de sus necesidades. Craso error. A ella nadie la manejaba. Primero estaba la libertad antes que cualquier hombre. Y lo que se temía llegó una tarde después de haber nadado y comido en las Islas, él le propuso que se fuera a vivir con él, que compartieran cama, desayunos y sueños. Entonces, le clavó esos ojos de mirada soñadora y le dijo que no, sencillamente no.

Se paró y caminó hasta el cuarto sin determinarlo, tomó sus cosas y las empacó en la maleta. Pidió un taxi y se fue al aeropuerto y cogió el siguiente vuelo que salía para Bogotá. No tuvo necesidad de voltear a mirar para saber que había hecho lo correcto. Desde el día en que se había separado de su marido, después de doce años de matrimonio, se prometió jamás ser de otro, sólo de ella misma. La vida que le quedaba, y tenía mucha por delante, era para ella y para aquellos que aceptaran su libertad.

Un rumor de alas de mariposa, ella vuela constante detrás de una mirada, de un ser que la adore. Es la mariposa de las alas de oro que va tras él, el que lleva en su mirada la admiración. Ella, tan consciente de su cuerpo y de su atracción, muere por una mirada, por aquel que se quede detenido en su belleza. Entonces, agradecida, estremecida, entregada, gira, baila y ríe alrededor de su nuevo soñador. Le entrega una parte de ella que le deja en la memoria por haber conocido en un instante el cielo. Y luego, sigue volando en busca de otra mirada , de otro sueño, de ese único que, al fin, la adore como ella en el momento quiere. Es esa suma de instantes la energía que la lleva a ser cada día única para el afortunado que la puede vivir en su entrega total. Ella, coleccionista de miradas, cazadora de admiración, vuela a través del tiempo en busca de alguien que sea su espejo y le devuelva su imagen maravillosa, y la quiera. Ella es una mariposa libre y bella que vive para su destino: ser de un admirador por un instante y eterna en su libertad. Ella seguirá volando mucho tiempo después de que la vida nos haya olvidado.

Él venía con el corazón helado de tantos olvidos. Fascinado por la belleza sin igual de las mujeres que en el transcurso de su vida lo habían amado, había terminado por ser ciego a los demás. Vivió hipnotizado por ellas. Se entregó a la felicidad de ser amado por las mujeres bellas. Pocos tuvieron la suerte de él, el tímido, el retraído, el solitario. No buscó el amor. Fue éste quien lo encontró y lo devoró. La fuerza de su presencia, de su mirada, de sus palabras y sus gestos lo hicieron ser objeto del amor de las hermosas. Él sabía quererlas por ellas, por ser como eran, no deseaba lucirse con ellas, no eran sus trofeos, eran sus amores , su otra parte , su más amado yo. En sus brazos ellas fueron diosas, eternas y felices. En sus poemas leyeron y miraron su propia esencia, su sensibilidad, su ternura y su universo. Crecieron con el amor de él. Pero, también, aprendieron a continuar sin él, a dejarlo, a ser libres.

Él comprendió que ellas eran pasajeras, que eran verano ahora e invierno después de un tiempo. Sufrió adioses y olvidos. Terminó solo en un lejano país refugiado de su poder de ser amado y de la tragedia de no poder dejar de amar a cada una de las mujeres que lo quisieron. Decidió alejarse de el mundo, hundirse en sí mismo. No volver a mirar más allá en los ojos de una mujer. Recogió las redes de sus gestos y de sus palabras y aprendió a esconderlas en cuartillas que escribía cada día hasta agotar su capacidad de seducir. Las hojas fueron ocupando el espacio en el que vivía. Comenzaron a formar montones de recuerdos, de emociones, de imágenes de sus amadas, sus eternas adoradas. Las fue sacando de su memoria y las encerró poco a poco en las hojas amarillas que garrapateaba a todas horas cada día en cada mes de los últimos ocho años. Se llenó de papeles en los que ellas seguían viviendo a la espera de resucitar en la lectura de alguien. Él las ignoraba. Era su manera de sobrevivir al poder de la seducción que le había tocado al nacer en la rifa incierta de las virtudes y defectos.

La vida es un espectáculo. Tanto la tragedia como la comedia queremos verlas, ser parte de ellas. Nuestro mayor deseo es ver y ser vistos. Ser objetos del otro: que nos grabe en sus neuronas, que pasemos a formar parte de esa memoria y que su mirada se quede en nosotros. Ser atractivos, seductores, irresistibles. En pocas palabras: vencer la indiferencia del otro. Hacer del otro parte de nuestra puesta en escena. Vivimos para actuar. Actuamos para ser. Y al ser somos vistos y vemos. La mirada nos une y nos motiva y nos lleva a ser. Inventamos guiones, personajes que cada mañana nos ponemos para salir a la vida y recoger miradas como aplausos. Cada mirada un aplauso, una confirmación de nuestro ser. Si no fuéramos vistos , no valdría la pena el diario vivir. Lo que no se ve, no existe. Existimos para ser objetos y sujeto de miradas. La mirada es nuestra carta de presentación. Nuestro cuerpo es el lenguaje con el que nos comunicamos. La fuerza nuestra está en el atractivo corporal. El cuerpo no es otra cosa que la sensualidad vuelta materia. Materia que se deja observar, que vive para ser absorbida por los ojos de los otros. Más importante que tener alma es tener ojos. Y que esos ojos distingan entre tantos egos, el movimiento ondulante de nuestro ego y las redes que lanzan nuestra mirada al mar de miradas de los otros para pescar el alimento esencial de la existencia: atraer a otro, ser importante, imprescindible para ese otro que será nuestro. Es con los otros que somos reales. La realidad es verdadera en la mente del observador. Objeto y sujeto de miradas, al fin. Constatar en los ojos del otro nuestra existencia, nuestra importancia, nuestra fragilidad, nuestra fortaleza, nuestra supervivencia. La vida se hace a punto de mirar, de observar, de aprender al otro. Memorizar sus gestos, su imagen, su sonido, su olor, apropiarnos irremediablemente y a conciencia del otro. Esa es la felicidad: compartirnos, entregarnos, ser a través del otro que nos regala su atención. Este juego del espectáculo no es apto para ciegos. Necesitamos la mirada del otro para ser eternos. Nunca fue tan hermosa mi belleza como en tu mirada, me dirás agradecida algún día. Lo sé y eso es lo que importa.

Él había empezado a escribir poemas para ella varias vidas antes de conocerla. Fue al releer viejos textos archivados en el olvido que reconoció que ella ya estaba en esos versos anticipados. Cayó en cuenta que se habían empezado a acercar mucho antes de conocerse. Lo de ellos fue una serie de coincidencias o la trama burlona de la fatalidad. No lo sabría, pero no importaba, los dos se complementaron desde la primeras palabras que intercambiaron. No fue amor a primera vista. Fue reconocer al otro como parte de sí mismo. Fue ver en el otro la parte de un yo- nosotros más completo. Llenaron el vacío que cada uno traía por la ausencia. Se compartieron desde el principio. Dejaban al otro ser en ellos. Se miraron y se entregaron a la fascinación. Supieron reconocer en el otro su otro yo.

La quiso porque ella no quería ser de él. Porque quería ser libre y no tenía miedo a ser de él de vez en cuando. Serían uno cuando se compartieran, se olieran y se sintieran. Les unía la posibilidad de ser o no ser. Sin embargo, decidieron ser lo que la vida les trajera. No se impidieron el uno al otro. Se dejaron ser. Cada uno tenía un mundo y, a la vez, podían ser parte del mundo del otro. Él le gustó porque supo descifrarla, por dejarla ser y, sobretodo, porque le gustaba a él. Percibió la potencia de su mirada, de sus palabras y la propuesta de sus juegos. Todo podría ser, nada tendría que ser y lo más seguro es que todo sería en algún momento. Si no, sería lo que el momento les daba.

El silencio también los unía. Había momentos en que no era necesario decirse nada. La presencia del otro bastaba. Estaban ahí los dos haciendo sus quehaceres a diez mil kilómetros de distancia. La imagen y la voz a través de Skype los convertía en algo más que amigos, en reflejo y complemento del otro. Se hacían compañía, se hacían confidencias, se apoyaban, se hablaban, se conocían, se divertían, se sentían cercanos al otro. Eran una pareja de comienzos del siglo XXI.

Se pensaban y querían contarse las anécdotas del día. Se hacían falta algunas noches que les parecían especiales y únicas para compartirse. Se daban al otro con generosidad. Se querían de una manera nueva. Eran felices unidos por la etérea e invisible línea del cable transatlántico. Cada uno tenía una vida propia y sueños y amigos distintos, pero las horas que eran del otro, entonces había más química, pasión y alegría que en las parejas reales enfrentadas a su propia limitación.

Ella quería ser el sol para él: inalcanzable, lejano, pero protector, dador de vida, que lo llenara de alegría, que él la adorara, pero que hiciera su propia vida. Ser querida, ser adorada, más no, que se enamorara de ella. Que cada día fuera un comienzo, un volver a empezar. Que nada los atara, que nada los hiciera únicos, que fueran libres. Dos individuos que se atraen, pero que no se dependen. Que se complementan, pero que son autónomos. Ella quería de él su afecto, su atención, su sabiduria, su risa, su hoy, pero no que dejara de ser único, libre y feliz. Para ella la felicidad estaba en ser siempre dos, en saber que quizá después no, pero ahora sí. Vivir el instante y dejar el mañana libre para la vida. Ella quería quererlo, pero no atarse a él, no ser de él ni de nadie. Ser de la vida, para la vida, siempre por la vida y tras la vida. Ésto pensó él el día en que ella volvió a hablar con él. Mirando hacia atrás, notó que en el instante en que algo termina, el que lo ignora es patético, ridículo. Lo que antes tenía sentido, se vuelve trágico, inmundo, odioso para el que lo lee.

Así como el azar los unió, esa tarde de noviembre cuando el otoño golpeaba con fuerza y lluvia las ventanas del apartamento, ella le dío la noticia rara. Él supo al leer ese te tengo que dar una noticia rara que todo había terminado. Eso siempre se sabe de antemano. El más ligero cambio en el comportamiento del otro es una alerta segura. Nunca falla. Y así fue. Había otro. Es decir ya no era el otro. Era, como se lo había escrito unos días antes en un instante de premonición, su mejor vieja amiga. Él detestaba ser el mejor amigo de una mujer. Quería ser amado, odiado o ignorado por las mujeres. Pero no ser su amigo, ser querido como un amigo. Nada es tan deprimente como ese banal y vacío te quiero como un amigo.

El ritual de la despedida lo celebraron con la misma certeza que se habían querido: haciendo como si nada, como que todo estaba bien. Aunque los dos sabían que estaba mal. Pero así son los finales. El fin no es mas que el ultimo término de algo que ya no es. Si fuera todavía algo, no sería final. Era el final, al fin.

Recogió con aparente tranquilidad, con ademán sereno todo lo que le había escrito y lo llevó hasta la basura y lo desapareció. Borró lo mejor que pudo todo rastro de él que estuviera en la red. Suspiró buscando el aire que la noticia le había quitado. Las emociones lo ahogaban. Miró por última vez ese ayer que ya no era suyo y hundió la tecla de borrar todo.