martes, 17 de mayo de 2011

Poulet au citron y brochette de gambas


Es medianoche. Hace un frío que cala los huesos y que hace que la cabeza mía parezca una orquesta entre algodones. El apartamento está a oscuras. Hay un silencio total. Yo sigo leyendo, escribiendo y soñando. Es en esos globos en los que dejo que mi mente divague nuevos mundos donde surgen los poemas, las ideas para escribir. Después es sólo coser y cantar. Pero la semilla original, la razón o el sentido de un poema casi siempre salen de andar con la mente en otro lado. Lo que los demás llaman “no hacer nada”. He estado revisando textos viejos. Tengo la costumbre de escribir cualquier idea que me pasa por la cabeza. Dejarla ahí. Olvidada. Luego de un tiempo, regreso y la leo. Si aún me sigue gustando, puede que comience a escribir algo más, o la dejo en reserva. Otras que me parecen que nada de nada, desaparecen. Ya habrá nuevas ideas. Cuando principié a escribir no quería botar, borrar o deshacerme de nada escrito. Todo me parecía único e importante. Con el tiempo he caído en cuenta que lo que sirve de verdad no es tanto, que lo que es imprescindible sí que es menos. En fin, gajes del oficio.
Suena el teléfono. Me sobresalto. No me gustan las llamadas a medianoche e inesperadas. No presagian nada bueno. Son las llamadas de las malas noticias.
Mi cuerpo siempre se prepara para lo peor. La descarga de adrenalina es inevitable. Me pongo tenso. Contesto ahí mismo. Es Laura. Me tranquilizo. No puede ser nada grave. No tiene el sentido de las horas y menos de que los mortales de la clase media duermen en la noche. Aunque soy un vividor de la noche. Cuando estoy solo y a oscuras puedo concentrarme mejor. Esa costumbre nació con la llegada de los niños. Durante los últimos veinticinco años ellos han sido el eje de mi vida . Pospuse la vida para que ellos crecieran de la mejor manera posible. Me es difícil creer en el cuento ese de que los niños necesitan calidad en la relación con los padres. Mi experiencia me dice que los niños necesitan que la mamá o el papá estén cuando ellos los necesitan. Y eso suele ser a cualquier hora de todos los días, semanas, meses y años.
La voz de Laura al teléfono me gusta. Todo en ella me atrae. Pero esta vez me suelta una pregunta inesperada: ¿Por qué será que nadie quiere oír la verdad?
No sé qué responder. Se me ocurren mil respuestas, pero también sé que ninguna es la que ella necesita oír. Así que callo.

Pienso las mil y una razones que tenemos para no querer oír la verdad, esa verdad que cuando se dice viene empacada como consejo, pero contiene un reproche o un rechazo a algo que uno ha hecho, piensa o siente. La verdad de los demás no me gusta. Llega siempre desde una superioridad moral o social que no me agrada, que me revuelve el estómago. Y me pregunto a qué se refiere con oír la verdad. Al otro lado del teléfono oigo la risa de ella y su voz alegre de siempre que dice: “No me refiero a esa verdad que estás pensando. No. Te lo digo, porque estoy fastidiada con mi consejera de inversiones que se ha puesto como un titi porque le dije que sus últimos consejos me habían costado un dineral. Y se ha puesto a darme una serie de excusas idiotas, o peor, explicaciones como si yo fuera pendeja. Me tocó decirle que no la embarrará más, que yo era consciente de que esas inversiones eran de alto riesgo, especulativas. Y así las asumía. Pero lo absurdo del asunto es que terminé excusándome por ella.” Me quita un peso del corazón. Ya esperaba algo más fuerte a esta hora de la noche. Pero no fue así y pude relajarme. Pero, Laura que es una ametralladora de ideas, continuó hablando – la otra verdad que quería comentarte- Ay dios, alcancé a pensar. Se escucha su risa por el teléfono. Siempre su risa que interrumpe mis pensamientos y mis presagios funestos. -La verdad que quiero que escuches es que ya te compré los pasajes en el Thalys de mañana que sale de Colonia para París a las seis de la mañana. Te espero en la estación del Norte a las nueve y cuarto en punto. Ciao. - Me dice que me va a mandar por el computador el billete de tren, y cuelga sin esperar mi respuesta.
Me recuesto y sonrío. La idea me parece perfecta: estoy solo y puedo disfrutar de París con ella por un par de días.
La estación de Colonia a las seis de la mañana es un hervidero de personas que se dirigen a sus trabajos, de otros que desayunan en una de las muchas cafeterías que hay, de grupos de turistas, estudiantes y personas mayores que se dirigen a otra ciudad ya sea de paso, a visitar a un familiar o en busca de un futuro mejor. Me gusta el bullicio vital de la gente en movimiento. Ese estar en medio de la vida de otros y percibirlos por un instante, y luego olvidarnos los unos de los otros. Me pregunto cuántos desconocidos nos habremos encontrado más de una vez en diferentes lugares sin saber los unos de los otros. Viene a mi memoria el verso de Manrique “Nuestras vidas son los ríos que dan a ese mar que es el morir” aunque no estoy pensando en la muerte. Mas bien en que las multitudes son como ríos de pensamientos que fluyen y se transforman continuamente y que van a unirse con otros formando nuevos mares de ideas y pensamientos. Creo que tenemos mucho de colonia de hormigas. La humanidad quizá sólo sea un órgano vivo único con células ilusas que creen ser individuos independientes. Un engaño de la naturaleza para lograr sus metas. Pero el Thalys espera por mí y París ya está en mi mente.

En tres horas y cuarto se llega a París después de pasar Aquisgrán y Bruselas. Laura de bufanda verde y toda de negro me espera a la salida del tren en la Gare du Nord, grande, bulliciosa y con mucho amigo de lo ajeno. Nos abrazamos, nos besamos y yo aspiro su perfume. Me encanta que sólo lo huelo, si me acerco mucho a ella, si la rozo. Ese es para mí el perfume perfecto, el que sólo huelen los cercanos, los muy cercanos. En cambio esas personas que dejan un rastro de perfume por la vida, me irritan. Durante el viaje estuve pensando en mí, en mi vida, en los fracasos, en los sueños frustrados y en las mil cosas que ya nunca haré. Mi vida es un desamor completo. Me he estado despidiendo de cada sueño que tuve, de las cosas que pensaba que era obvio que lograría y que no alcancé, de las mujeres que nunca besé y de los muchos lugares que no he visto. También, me abruma la sensación de no estar seguro de qué es lo que quiero de verdad. Si sólo sigo la corriente de lo establecido o es un dejarme llevar hacia un destino no buscado. Acaso alguien es capitán de su vida, porque yo no. A duras penas un marinero en esa nave fantasma que es mi vida. En fin, que el viaje solo en un vagón medio lleno de hombres de negocios ensimismados en sus portátiles fue también un viaje a la melancolía. No sé cómo son los demás, pero yo voy y vengo de la orilla de la tristeza a las playas de la alegría, y la mayor parte del tiempo estoy de viaje por lo anodino, por el tiempo que no es tiempo ni nada, sólo el espacio entre las pocas cosas interesantes que me pasan. Y estar en París con Laura es una de ellas.

Mientras voy del brazo de Laura, tengo el deseo de besarla de nuevo, de sentir su deseo, de dar rienda suelta al mío. Sé que la deseo, que la quiero y que he estado enamorado de ella desde esa lejana fiesta en la época del colegio. Entonces ¿por qué nuestras vidas han tomado rumbos tan distintos? Una y otra vez me hago esa pregunta, mientras observo mi pasado del cual no estoy orgulloso. No es que haya hecho algo malo, es que no he hecho algo memorable. Y no nos digamos mentiras, nos educan para ser sobresalientes, nos meten todo el tiempo héroes de papel periódico, y uno (porque son muchos los que como yo hemos caído en la trampa de buscar metas imposibles) un día al despertarse y mirarse al espejo se da cuenta que el momento pasó y que no pasó nada con nosotros. Pero la voz de Laura me devuelve a la realidad -Rico estar contigo en París- me dice mientras se aprieta a mí. Yo sólo pienso en qué rico estar con ella en cualquier lugar del mundo.

Después de recorrer durante la tarde las mil y una atracciones de la ciudad, de subir a la torre Eifel, construida para la exposición mundial de 1889 de París por el ingeniero Ferdinand Eiffel, y que fue considerada en su momento un adefesio, conocida al principio como la torre de los trecientos treinta metros, de mirar la ciudad desde la terraza con una sensación de vértigo y con un deseo de bajar lo más rápido posible, sin fotos como de costumbre con Laura, de descansar un rato en el apartamento de ella frente al parque de los Campos de Marte, en la avenida de La Motte-Picquet, mi adorada amiga apareció en un vestido verde oscuro espectacular, me tomó del brazo y me llevó a una brasserie cercana en el 2 de Place De L´ecole militaire, La Terrasse, y hace honor a su nombre pues tiene una terraza grande donde sentarse a cenar. La temperatura es ideal y el aire de comienzos del verano invita a disfrutar de la comida y la charla ligera en medio de parejas que se muestran y son observadas por los demás. Un instante de pelicúla, pienso mientras me veo reflejado en los ojos verdes de Laura, que como es su costumbre, está de quitar el aliento. El mesero, un nativo de la Martinica, se acerca a la mesa y la saluda con una sonrisa reservada para los clientes habituales, los que ya son parte del lugar. Laura es encantadora con todas las personas. No hay nadie que no quede fascinada por su manera de ser. Ella tiene el don de hacer sentir único a cualquier persona que hable con ella, ya sea camarero o millonario. Laura pide poulet au citron y yo brochette de gambas.

Mientras cenamos y charlamos de las cosas que nos han pasado en estos últimos meses en que no nos hemos visto, la noche se adueña de la calle. Laura no ha dejado de mirarme y yo tampoco a ella. El mundo a nuestro alrededor no existe. Sólo los dos. El uno para el otro. Hay una corriente de atracción entre los dos. Una fuerza que nos lleva al otro. No soy yo en ese momento, soy los dos de una forma que no se puede explicar, sólo sentir, disfrutar. Una necesidad de ella, de ser en ella y para ella. Sólo dudo si ella estará sintiendo lo mismo. Le cojo la mano y siento un calor que invade mi cuerpo y la urgencia de acercarme a ella. Laura sonríe y acerca su boca a mi oreja y me susurra “Esta noche dormiremos juntos”.

A la mañana siguiente, con París a mis pies y Laura durmiendo a mi lado, me siento en la cama, me desperezo, miro por la ventana que da al parque y disfruto de ese instante de armonía. Amanecí dispuesto a ser más yo que nunca. Voy al escritorio y escribo en un papel con membrete:

Poema para Laura

Te quiero de otra manera,
te quiero con la certeza,
quizá lejana, de que un día,
tú y yo,
salgamos de nuestra soledad
y poblemos la vida
con nuestro amor.
Te quiero, porque tu eres
la otra orilla de ese amor,
porque cuando mi tristeza
te mira, desaparece,
porque hemos nadado
en el otro, y descubierto
que el universo está allí.
Te quiero, porque mi risa
vuela hasta tu boca
y te besa, porque tus besos
nadan hasta mi cuerpo
y me devuelven
la piel enamorada de otros días.
Te quiero,
porque eres tú y no otra.
Te quiero,
porque cuando dices mi nombre
es el amor el que habla.
Te quiero sin cansarme nunca
y porque entre más te quiero,
más me quiero.
Te quiero, porque contigo
la vida es para siempre.

martes, 10 de mayo de 2011

Corvara in Badia



Corvara in Badia


Son casi las once de la noche. Estoy oyendo a Amancio Prada. Tengo una jaula en el pecho y en la jaula dentro un pájaro. Estoy con dolor de garganta y me lloran los ojos. La temperatura ha subido y ya estamos sobre diez grados. Al fin la primavera ha decidido desperezarse y se ha trepado a cada rama de los árboles y los ha ido llenando de capullos que pronto se llenaran de hojas tiritando de vida. El cielo está oscuro y cubierto de nubes. Aun de noche se ven las nubes grises contra el negro del infinito. Tengo tristeza. Las noticias sólo hablan de la catástrofe del Japón. Es angustioso.
El celular suena. Me sorprende el sonido, pues lo tengo desde hace poco. No me acostumbro a que nadie me llame. Pero Laura ha insistido en que es absurdo que viva en pleno siglo XXI y no tenga un celular. Así que ahora tengo un celular al que sólo me llama Laura, mi adorada, mi amor secreto, mi otro yo, mi amiga del alma, mi amor imposible. Siempre que pienso en ella me pongo contento, sonrío.
Miro el mensaje que me ha mandado: Buenas noches, mi bello, prende el Skype y hablamos un rato. Me pregunto dónde estará y con quién. Laura no para nunca de viajar y de cambiar de amante y vida. Es incansable. el pájaro lleva dentro del pecho un niño cantando en una jaula lo que yo canto.
Qué sueños traviesos me contará esta vez y habrá pensado en mí. La lluvia quisiera ser...Prendo el Skype y allí está Laura: bella como siempre envuelta en una bata de baño no demasiado cerrada que deja ver su pecho blanco y tentador. Se acerca a la cámara y me manda un beso. No me mires con esa cara de ganas, me dice sonriendo. Me olvidaba que ella también me ve. En fin, una vez más dejo que mi amor por ella sea más que obvio. Hola, buenas noches, ¿cómo estás y dónde? Estoy esquiando en Italia en las Dolomitas, responde mientras se echa hacia atrás el pelo que le cae sobre la cara. Me siento torpe frente a ella. No sé por qué me cruza la imagen de Ötzi, el hombre de hace miles de años que descubrieron hace un tiempo por esos lados. Uyyy, qué delicia!, respondo por reflejo. Pienso en lo mucho que ella viaja y en lo poco que yo lo hago. Y cuando viajo sólo lo hago a ciudades: Colonia, Düsseldorf, París, Madrid, Milán o Hamburgo. Ella, en cambio está en los sitios del momento y en los que un día estarán de moda. Ella es una de esas mujeres que crean tendencias en la moda y en los sitios play del mundo, de ese mundo al que no pertenezco.
Estoy en Corvara in Badia, una estación de esquí al noreste de Bolzano, con unos amigos que me encontré en Milán. Está lleno de romanos que no hacen otra cosa que ostentar que han votado por Berlusconi y que la plata les sobra y la modestia no la conocen. Un poco arribista me parece todo- me dice mientras me manda un beso desde la distancia. Me pregunto cómo sabe que son romanos y no milaneses o turineses. - Y tú, ¿Cómo estás? ¿Cómo encontraste tu casa? ¿Todos bien? Le contestó con la respuesta cliché de todo bien, muy bien. No es el momento de ponerme a contarle mis pequeños problemas caseros.

El viento quisiera ser: el viento que pasa y deja un paisaje estremecido en tus ojos y en el oído el eco.
Está tomando un jugo de naranja, pero me explica que tiene champaña. Y ríe como sólo ella sabe reír. Laura tiene el poder de convertirme en espectador de su vida. Me fascina. Hablamos un rato sobre nuestras cosas, reímos y nos mandamos besos. Me dice que si todavía la quiero. Yo como un niño chiquito me pongo colorado. Siempre me pasa lo mismo. Sabes que yo te adoro, le digo. Y yo me lo creo, responde burlona.
Laura me mira con sus ojos verdes y me suelta una pregunta bomba: en tu FB escribes sobre los políticos siempre en un tono crítico y, a veces, sarcástico. Quiero saber ¿qué haces para que la situación política colombiana cambie? Yo, que tengo la mirada perdida en sus piernas, esquivo su mirada, suspiro para ganar tiempo y con un rubor que me sube a la cabeza le contesto a media voz:Nada, salvo hablar y escribir, no muevo un dedo.

La noche quisiera ser:
La noche que con agujas de cristal
teje tus sueños
y el delirio que te enciende
cuando más sola estás
y nada esperas,
contigo a solas soñando
el negro sauce de la noche que te envuelve.

domingo, 24 de abril de 2011

Verona y el amor

Estoy sentado observando como la primavera se sube a cada rama de los árboles y mientras las besa va dejando un montón de capullos de futuras hojas. También me miro y veo como el otoño de la vida se ha posado en mí. Me absorbe y me transforma. A pesar de mí, soy un constante cambio: voy dejando yos atrás que nunca han de volver.

"No nos matamos por el amor de una mujer- escribe, poco antes de suicidarse- nos matamos porque un amor, cualquier amor, nos revela en nuestra desnudez, miseria, indefensión, nada"
Cesare Pavese nunca tuvo suerte con las mujeres. Se la pasó amando, fracasando, odiando y derrotándose ante ellas. Su vida y obra muestran el lado trágico de la vida. Su último amor, Constance Dowling, actriz americana, pasará a la historia de la literatura, pues es a ella a quien Pavese dedicó su poema más famoso y bello. Poema que fue encontrado junto a él después de haberse suicidado en Turín el 27 de agosto de 1950.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra vana,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando te inclinas sola ante el espejo.
Oh querida esperanza
también nosotros aquel día
sabremos que eres la vida y eres la nada!

La muerte tiene una mirada para todos.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
será como abandonar un vicio,
como ver que emerge de nuevo
un rostro muerto en el espejo,
como escuchar un labio cerrado.
Descenderemos, mudos, al abismo.


Verrà la morte e avrà i tuoi ochi.
questa morte che ci accompagna
dal matino alla sera, insonne,
sorda, come un vecchio rimorso
o un vizio assurdo. I tuoi occhi
saranno una vana parola,
un grido taciuto, un silenzio.
Così li vedi ogni matina
quando su te sola ti pieghi
nello specchio. O cara speranza,
quel giorno sapremo anche noi
che sei la vita e sei il nulla.
Per tutti la morte ha uno sguardo.
Verrà la morte e avrà i tuoi ochi.
Sarà come smettere un vizio,
come vedere nello specchio
riemergere un viso morto,
come ascoltare un labbro chiuso.
Scenderemo nel gorgo muti.

No puedo dejar de pensar en que la vida nos da cosas bellas aun en los momentos más trágicos y tristes de ella. Lo que para Pavese era su fin, para la literatura y la humanidad es un poema único por su belleza y hondura. En la vida lo bueno y lo malo llevan en su esencia, más que su propia realidad, la poesía que nos hace posible soportar lo imposible. Intuyo que la poesía no es otra cosa que nuestra capacidad de ver e intuir más allá de lo obvio.
Me desperezo y cambio de posición en la silla. La tarde se va perdiendo en el horizonte y la oscuridad se asoma a la ventana. Hay paz en mi vida. Sé que estoy cambiando, pero no sé bien qué está dejando de ser en mí. Al fondo Bach me envuelve con el sonido casi humano del chelo en su preludio de la Suite No. 1. Este estar en mí y el universo debe ser lo que algunos llaman el nirvana. Un paso para mí anterior al no ser. Me siento bien, silencioso, tranquilo, único.
Pero mi vida no estaría completa sin Laura. Así que de repente, sin previo aviso, a quemarropa suena el teléfono en el momento en que la oscuridad de un mordisco se vuelve noche y se va a dormir. Dios, qué horas para llamar, pienso. Mi mente no da muchas vueltas y sé que Laura es la única que puede llamar de pronto para hacerme una propuesta loca.
Así es. Laura privada de la risa me dice que está en Verona por un par de días en la quinta de unos amigos en el valle donde están los famosos vinos de Valpoliccella; que ya compró el tiquete de avión y que debo estar en el aeropuerto de Colonia a las siete de la mañana del viernes para tomar el avión de Germanwings. No alcanzo a decir nada cuando ya ha colgado después de decirme que me espera en el aeropuerto Villafranca de Verona. Mi cabeza da vueltas: Verona con su Arena, donde en el verano se oye la ópera de Nabucco y su famoso coro de los Prisioneros. Verdi compuso esta ópera para llamar a la unidad de Italia haciendo la alegoría del pueblo judío durante su cautiverio en Babilonia; con ese pequeño equipo Chievo Verona que por una vez ganó el título de la liga italiana; la ciudad de Romeo y Julieta; una de las ciudades más ricas de Italia y la ciudad donde me espera Laura.
No tengo tiempo que perder, voy a hacer las maletas.

Fue un viernes largo. Desde el amanecer hasta bien entrada la madrugada del sábado estuve en constante movimiento. Sin pausa, sin reposo y con ganas de más, sobretodo, de más Laura.
Al amanecer, con la ciudad todavía a oscuras, tomé el bus hasta el Hauptbahnhof de Bonn. Allí cogí el bus que me llevó al aeropuerto de Köln-Bonn. Germanwings tiene su base principal acá. Esta empresa es de la Lufthansa y compite en el segmento de las aerolíneas baratas. En realidad no son tan baratas al terminar uno de pagar un sin fin de arandelas. El vuelo va lleno y llegamos a Villafranca, el aeropuerto de Verona, a la hora programada. Laura está esperándome a la salida. Está vestida de los pies a la cabeza de negro con un foulard verde fuerte que hace resaltar aún más sus maravillosos ojos. Su sonrisa es única y la manera en que detiene su mirada en medio de mí y me acoge es como llegar al cielo. Esa mirada tiene tanto de mí que por momentos siento que en ella va mi vida entera. Nos abrazamos con fuerza como si tuviéramos susto de no ser reales. Me coge de la mano. ¡Qué placer!. Esas manos que hablan por los dos. Por momentos ella recuesta su cabeza en mi hombro. Sonrío y le beso la cabeza con ternura.
Nos subimos a un monstruo de BMW X6 de color blanco. Están tratando de imponer este color en el muy conservador mercado alemán con relativo éxito, pues la mayoría de los carros en Alemania son negros, plateados o azules oscuros. Le pregunto a Laura que qué tipo de monstruo es este auto: ¿si carro o camioneta o qué carajo es eso? En todo caso, por dentro se siente uno como un rey. Ella sólo se ríe y me responde que qué importa si total soy el único hombre que conoce que no le importan los carros. Y tiene razón. Mientras me lleven de un lado a otro y se vean bonitos y los pueda pagar, es lo que me interesa. Tomamos la A 22 y en media hora estamos frente a la entrada de una antigua casa rodeada de viñedos. Espectacular. Laura me cuenta que se llama Villa Aurelia pues Marco Aurelio ya la habitó en época de los romanos. Cátulo solía pasar algunas temporadas en ella. Quizá escribió alguno de sus famosos poemas en esta villa que me espera. La villa pertenece ahora a unos ricos industriales de Verona, de cuyo nombre no debo acordarme.
Apenas tengo tiempo de dejar mis cosas en una habitación espaciosa y luminosa, a pesar del día que está un poco encapotado, ducharme y cambiarme de ropa, cuando Laura ya está en la puerta recostada contra el marco. No sé si hace un rato me está observando o acaba de llegar. Viene por mi para que nos vayamos a turistear la ciudad.
Me encanta ver a Laura manejando. Puedo mirarla a gusto. Memorizarla mientras ella está atenta al camino. De ella me gusta todo: su pelo del color de las avellanas, sus ojos verdes que saben derretirme en una mirada, sus manos que toman las mías y me dicen te quiero, su cuello por el que mis besos suspiran y su cuerpo maravilloso. La adoro. Me dice que mire el paisaje que es único y le respondo que eso hago y que sí, que ella es única. Se voltea y detiene sus ojos en los míos, y sonríe. Estoy enamorado de ella, y lo sabe. Se sabe de memoria lo que siento aún antes de que lo piense. Laura es el amor de mi vida.
Verona está a orillas del Adige, que baja de los Alpes y se pierde hacía la llanura del Po, donde desemboca en el Adriático. La ciudad tiene mucho de una fortaleza militar. Por su posición geográfica era vital para el comercio y lugar estratégico de las luchas entre la república de Venecia y la otrora poderosa Austria al norte. La ciudad sobresale por su cantidad de palacios, plazas, iglesias, puertas y museos. Ni hablar de la casa de Julieta, donde todos los ingenuos( perdón, enamorados) de este mundo van a limpiarle la teta a Julieta. Nos recorrimos la ciudad a pie y pasamos por todo lo importante y también por las calles anónimas donde viven los veroneses de carne y hueso.
Ya en la noche, al fin nos paramos a descansar y tomarnos algo en uno de los cafés de la ciudad. No recuerdo ni el nombre, pues estaba muerto de caminar y sólo quería sentarme, beber un gran vaso de agua y nada más. Una vez más pienso que debo comer menos y moverme más. Estoy rendido y Laura ni se ha mosqueado. Supongo que paró más por consideración a mi pésimo estado físico que al suyo que está en excelentes condiciones. Pido un vaso de agua y ella un vino tinto. Me coge la mano y calla. Disfrutamos el silencio entre los dos y el rumor de las conversaciones ajenas. Respiro profundo esta atmósfera única de la ciudad. Un grupo de estudiantes, vestidos a la usanza de la Edad Media, se ha parado frente al café y han empezado a actuar. Laura se levanta y me arrastra afuera para verlos y oírlos.
Están recitando el diálogo entre Faetón y Valentín de “Los dos hidalgos de Verona” de Shakespeare. Llegamos en el momento en que comienza Valentín a decir:
“Y ¿por qué no la muerte antes que tan atroces sufrimientos? Matarme es separarme de mí mismo; y Silvia es mi persona. Desterrarme de su lado es arrancarme de mí mismo... ¡Horrible destierro! ¡Qué luz es luz si no veo a Silvia! ¿Qué placer es placer si Silvia no está a mi lado, a no ser que sueñe que está allí presente y que la imagen de la perfección venga a ser alimento de mi vida? Si de noche no estoy cerca de Silvia no tiene armonía el ruiseñor. Si de día no contemplo a Silvia es todo sombras y el caos para mí. Ella es mi esencia. ¡Yo no puedo vivir sin ser nutrido, iluminado, protegido, sostenido en la vida por su influencia bienhechora! ¿Qué es la sentencia de muerte? Sustraerme a ella no es escapar de ella. Si me quedo, muero. Pero ¿y si me alejo? ¡Me separo de mi propia vida!”
Al finalizar el diálogo, Laura se abraza a mí con fuerza. Está llorando y yo tengo un nudo en la garganta. Por un instante hemos sentido el dolor profundo del amor de los que aman imposibles. Estamos abrazados en una calle perdida de Verona, emocionados y detenidos en la eternidad de nuestro destino. Laura sigue abrazada a mí y yo le beso con ternura el pelo.